INCLUSIÓN SOCIAL

Legitimación cultural del delito: René Quevedo

Marchamos hacia una sociedad más violenta y tolerante del delito. La comparación de los resultados de la IV Encuesta de Percepción de Seguridad Ciudadana, publicada por el Observatorio de Seguridad Ciudadana de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá (CCIAP), en marzo 2014, con los obtenidos en la misma encuesta publicada hace tres años, aporta datos preocupantes.

Entre el 2003 y 2013, el empleo creció en 55%, mientras que los delitos aumentaron 300%. Pero la encuesta de la CCIAP da cuenta de otros efectos de la bonanza económica excluyente de los últimos años, en concreto las cambiantes tendencias culturales en torno a desobedecer la ley y el uso de la violencia para beneficio propio. Según el estudio, que entrevistó a 3 mil panameños, el 26% de la población justifica delinquir cuando “es la única forma de alcanzar sus objetivos”, y 13% “cuando otra persona lo ha hecho y le ha ido bien”, mientras que el 8% está de acuerdo en el uso de la violencia “para obtener beneficios económicos”.

Al comparar con la encuesta de octubre 2011, hoy 38% más personas delinquirían para “resolver”, 65% más cometerían delito si sienten que hay impunidad, y un 43% usaría la violencia para obtener beneficios económicos. Todo esto en tres años, cuando la economía creció más del 8% anual y se experimentó un grave déficit de personal calificado.

Gabriel Kessler, sociólogo especializado en Seguridad y profesor de la Universidad Nacional de La Plata, en su libro La Sociología del Delito Amateur, plantea que el problema no es el desempleo, sino la inestabilidad laboral (posiciones precarias, con baja remuneración, sin cobertura social, etc.) que se naturaliza en el joven a medida contrasta con la experiencia transmitida por sus padres y por otros adultos del entorno, lo que dificulta el establecimiento de una identidad basada en la honestidad y dignidad aportada por el trabajo.

Pudiera pensarse que empleo y delito son mutuamente excluyentes, pero en Panamá las estadísticas le dan la razón a Kessler. A pesar de representar el 65% de las personas que hoy buscan trabajo en Panamá, entre 2009 y 2014 los jóvenes solo han obtenido uno de cada 28 nuevos empleos estables. Entre 2004 y 2009, la relación era uno de cada tres. Hace cinco años, la economía generaba 14 mil 400 empleos juveniles anuales, hoy son mil 788. Como referencia, las universidades gradúan 22 mil profesionales por año.

En la última década la economía se duplicó, igual que los homicidios y robos a mano armada. Además, se triplicaron los delitos, se quintuplicó el pandillerismo, se sextuplicó la violencia doméstica y el país vive una explosión de delincuencia urbana sin precedentes. Con la baja oportunidad de empleo juvenil estable; un entorno laboral con perfiles de inserción cada vez más rígidos; jóvenes que se ganan la vida haciendo “camarones”; la triplicación de los delitos cada 10 años y una cultura más tolerante de estos, como medio de vida, el panorama es sombrío. Más que “seguridad”, nuestro reto es inclusión social.

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