DISTORSIONES IDIOMÁTICAS

Lexicus panamensis: Carlos Guevara Mann

Es buena la noticia de que en octubre de 2013 Panamá será la sede del VI Congreso Internacional de la Lengua Española (La Prensa, 17 de diciembre). La reunión de numerosos especialistas del idioma podría estimular un mayor interés por hablar y escribir bien la lengua de Cervantes, tan maltratada, estropeada y vapuleada en nuestro medio.

Quienes asistan al congreso encontrarán en los pronunciamientos de nuestros personajes públicos, en los medios de comunicación y en el habla cotidiana de individuos de todos los sectores, un vasto número de curiosidades idiomáticas cuyo acopio, sin duda, serviría para enriquecer los anales del barbarismo.

Examinemos, por ejemplo, la distorsión del pretérito imperfecto en su conjugación correspondiente a la primera persona del plural. Dice doña Nelly Broce, con la perspicacia que la caracteriza, que en el Panamá actual hay un sinnúmero de “magísteres”, pero apenas abren la boca dicen “íbanos” y “veníanos”. De dónde proviene esta deformación –que no solo se aplica a los verbos “ir” y “venir”, sino a muchísimos otros (“estábanos”, “éranos”, “pensábanos”, “halábanos”, “jodíanos”, “chupábanos”)– es algo que podría debatirse, con provecho, en el congreso internacional.

Hay otros vicios de conjugación que tienen amplia difusión. Al respecto de uno de ellos, mi comadre Michelle clasifica a los entes hablantes en dos grandes grupos: los que dicen, correctamente, “hubo” y los que dicen “hubieron”. Días atrás, un personaje público declaró, a cuatro vientos, que “hubieron” cinco muertos en las inundaciones de principios del mes. Nadie, creo yo, le ha señalado todavía su error, pues lo sigue cometiendo.

Una deformación idiomática que todavía no logro entender –quizás en el congreso internacional podría explicarse– es el reemplazo de la letra “p” por la “k” cuando la “p” antecede otra consonante. Con alarmante frecuencia se oye decir “colakso” en vez de “colapso”, “concekto” por “concepto” e “inekto” en vez de “inepto”.

Una sustitución igualmente barbárica ocurre cuando se dice “tatsi” en vez de “taxi” o “picsa” en vez de “pizza”. Tanta creatividad no tiene desperdicio.

A la hora de emplear voces redundantes, con ánimo de sofisticación, es posible que ningún pueblo hispanohablante supere al panameño. A doña Berna Calvit, columnista de este diario, le llama la atención el abuso de la palabra “tema” para referirse a “asunto” o “problema” o, sencillamente, para dar un giro refistulero (“refitolero” es como aparece en el diccionario) a la conversación.

Doña Berna prometió escribir una columna al respecto, lo que cumplió el 3 de noviembre (“Del tema como tema”). “Combatir el tema de la pobreza”, “afectados por el tema de las lluvias”, “analizar el tema del presupuesto” son algunos ejemplos, un tanto ingratos al oído que se escuchan en el habla corriente.

Otras muletillas son igualmente particulares. Entre ellas “lo que es”: “Voy para lo que es la terminal”; “le preocupa lo que es el alto costo de la vida”; “tenemos lo que es un problema alimentario”.

“Y es que” es una de las predilectas de muchos periodistas, que con ella empiezan oraciones y párrafos: “Y es que el funcionario suele repartir miles de jamones y pavos para Navidad”. ¿Para qué el “y es que”? ¿Qué sentido le añade a la oración?

Una muletilla preferida de cierta figura pública muy conocida es “en este país”. A cada una de sus oraciones añade, al final, “en este país”. “Voy a dar una lección de valentía a todo el mundo en este país”.

Lo bueno es que estas muletillas pueden combinarse en infinidad de maneras para producir resultados verdaderamente sensacionales, que serían de sumo interés para los miembros del congreso internacional: “Pienso de que lo que es el tema de la inseguridad es sumamente grave en este país”.

La recomendación de Hemingway de economizar en el uso de palabras para facilitar la comprensión de lo que se expone y de escribir lo más sencillamente posible, es una que debería instituirse en todas las redacciones y centros de prensa de despachos públicos y privados. No por añadir más voces a nuestras oraciones somos más sabios o eruditos. Aunque algunos piensen que es así, entre ellos, muchos políticos, periodistas y magísteres de los que dicen “íbanos” y “veníanos”.

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