MEDIO AMBIENTE

Leyes que causan risas: Dicky Reynolds O’Riley

Para un abogado no hay peor epíteto que leguleyo, tinterillo, saca presos o abogado de palo de mango, traducción literal de mango tree lawyer, historia que no explicaremos, pero que trata de letrados, cuyos despachos legales –se decía de forma despectiva– estaban a los pies de estos árboles, por lo tanto, sus tareas no eran vistas de manera seria ni formal.

Hemos observado que causan hilaridad los enunciados, las consecuencias o las sanciones de los textos legales tendientes a defender los agravios que le producimos al medio ambiente, esto en gran parte propiciado por el Estado que se convierte en cómplice de los crímenes que debe condenar. Por esto, es que este libelo tiene un tinte de frustración de las personas que aran en el mar. La ley señala que aquella persona que practique esa conducta típica, de talar árboles, contaminar ríos y cuencas hidrográficas y blablablá se hará acreedora a tal sanción.

Hablo en particular, sin pena de ser etiquetado como un mango tree lawyer, de un árbol de la flora capitalina de la familia Mangifera indica o, simplemente, mango que crecía en la avenida Perú, frente al Partido Popular, para tener una referencia. Los arboricidas, amparados en la noche de un fin de semana, afinaron sus sierras y cortaron de raíz a aquel que nos proveía de sombra y frutos, y servía como local informal al señor Pedro, que lustraba calzados. Él no acusó a nadie, pero dijo que el dueño del edificio no lo quería ahí enfrente.

Por curiosidad, me apersoné a una de esas oficinas con nombres exóticos en el Municipio de Panamá, que otrora se llamaba Dirección de Ornato Municipal, en donde se decide cuándo dar de baja a un árbol, y no encontraron la orden. Lo raro es que la funcionaria sí se acordó de la ubicación, pero como nadie quería satisfacer mi extraña inquietud por aquel árbol, me dijeron que el ingeniero no estaba, la cuadrilla tampoco y que no había bitácora o agenda que pudiera dar fe de que fue esa entidad la que llevó a cabo dicho acto. En pocas palabras, esquivaron mi extraña curiosidad y fui yo el cuestionado, casi de manera inquisitiva y policial, por conocer qué interés me movía a abogar por el árbol y su paradero, levantando sobre mí un halo de sospecha. Me dijeron que tenía que hacer un memorial en el que indicara para qué necesitaba la información, y le darían el trámite por los conductos regulares.

Hasta que decidí hacer público el destino o la suerte del “manguito”, como lo llamaban los transeúntes habituales de esta avenida, sin ser trágico, pienso en la suerte de los árboles de Darién y los humedales que circundan la bahía de Panamá, ahora sembradíos de torres de hierro y cristal. Habrá quienes se pregunten por qué me empeño en ser reconocido en la defensa, ilusoria, risible y de poca monta, de quien no podrá siquiera pagarme mis estipendios legales, puesto que la gestión abogadil en materia ambiental es una tarea romántica, y de amor no vive un letrado. Y, para colmo, se tilda a los ambientalistas como ciudadanos que frenan el progreso y atentan contra la paz y seguridad de la libre empresa, aliados de comunistas, feministas y de toda una secta de defensores de causas extrañas. Esto sí deja de ser risible, debido a las consecuencias de seguir los ideales humanistas.

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