SOLIDARIDAD

Manos a la obra: Ana María Garzón

Creo que todos queremos cambiar el mundo. Algunos enfocados en los niños, en los animales, en el medioambiente, etc. Pero pocos (y me incluyo) pasamos del decir al hacer. Qué fácil es rechazar el maltrato animal desde un like en Facebook, o comentar que alguien debería hacer algo por los ancianos indigentes, pero nunca tenemos tiempo ni plata o estamos cansados. Olvidamos que aquel que está en necesidad, tal vez, no puede esperar a que nos sintamos mejor o tengamos menos compromisos sociales. Para muchos de nosotros, es necesario que algo o alguien más grande nos presione a formar parte de una actividad o movimiento de filantropía.

Soy de esas personas que siempre tiene algo que decir sobre las causas sociales, incluso siempre planeo colaborar con alguna, pero no fue hasta que la empresa en la que trabajo se involucró con la organización Techo Panamá, que realmente me comprometí. Desde que recibimos los perfiles de las familias a las que construiríamos una casa digna, nos sentimos cercanos a sus necesidades y nos emocionamos al planear qué le llevaríamos de comer. Involucramos a nuestros clientes en esa labor y en la de organizar cómo llegaríamos al sitio.

Un par de días después, y sin darnos cuenta, poníamos más atención en qué guantes o botas llevar, si comprar la comida hecha o cocinarla o si llevar las cosas en un bus o en un vehículo todoterreno. Sin embargo, no sabíamos los nombres de las personas a quienes tan fervientemente queríamos ayudar. Dudábamos cuando alguien preguntaba: ¿cuántos hijos es que tienen? Tal vez, movidos por la falta de costumbre y por estar lejos de la realidad de los menos favorecidos, parecía que planeábamos un paseo a la playa, en lugar de la construcción de un hogar.

Pero eso no duró mucho. El 20 de julio cuando llegamos a Arraiján y empezamos a subir la loma que nos conduciría a la casa de las familias Mira y Zaldívar, las comodidades y prejuicios se fueron quedando por el camino. Al poco tiempo de empezar a construir los guantes se rompieron y las botas perdieron la suela, y quedamos arrodillados en el piso de barro más concentrados en nivelar los cimientos, que en ponernos bloqueador.

Qué gusto es ver a los compañeros del día a día perdiendo la elegancia. Aquella que siempre está arreglada y maquillada, lucía como una digna contrincante de las tuneladoras del Metro. La que nunca lleva almuerzo a la oficina se convirtió en la encargada oficial de prepararlo, y veíamos a jefes y subalternos, con camisas remangadas, trabajando hombro con hombro. Todo esto se daba mientras compartíamos con las familias que se integraron de lleno en la construcción de su nueva morada.

Aprendimos el gran sentido de compañerismo de los habitantes del área. Mientras en este lado de la ciudad medimos cuánto damos a los demás, allá se ayudan unos a otros sin pensarlo. Las herramientas son de todos y los vecinos llegaban de su trabajo a sumarse a la construcción, sin que fuera necesario pedírselos. Esos detalles hicieron de la experiencia mucho más que una labor social. Se convirtió en una lección de vida. La interacción y cercanía en dos días de duro trabajo, nos hicieron olvidar nuestras diferencias. A la hora del almuerzo comimos todos con igual hambre y nos reímos de los mismos chistes. Ya no se diferenciaba quién ayudaba y quién recibía la ayuda, integramos un solo grupo que trabajaba por la misma meta.

Cuando terminamos de construir las casas, la labor y la convivencia con las familias llegó a su fin, pero en todos permanece la satisfacción de haber ayudado al prójimo, y la enseñanza de que aunque algunos tengamos más y otros menos, todos nos alegramos por las mismas cosas. Para cambiar el mundo, primero debemos salir de nuestra burbuja y entender que mientras dormimos, cómodamente, en nuestras camas, otros –con las mismas necesidades– no tienen un techo o un colchón. Tal vez, si nos acordáramos de eso, al menos una vez al día, encontraríamos el tiempo para pasar de planear a hacer.

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