EL MALCONTENTO

Martinelli, Bucaram y Uribe: Paco Gómez Nadal

Es fácil concluir, desde afuera, que el presidente Ricardo Martinelli se está pasando. Si en los últimos dos años ha ejecutado una estrategia para dar un golpe blando a las instituciones e ir captando el poder institución a institución (solo el Tribunal Electoral sobrevive al terremoto), ahora sus estrategias barriobajeras están saliendo a la luz. Su uso vergonzoso de las redes sociales (en ningún lugar se destituye, insulta o desprecia desde la Presidencia en 140 caracteres), la desfachatez con la que se miente y después se difama, el uso mafioso de los medios de comunicación, la compra sin tapujos de diputados, el maniqueo empleo (como todos los gobiernos anteriores) del ahora cínicamente llamado Programa de Ayuda Nacional (PAN)... Reconozco que fue duro ver a Castalia Pascual lidiando con un personaje volteado, en una puesta en escena de otra época, que reconocía cómo en acuerdo con Prieto (ese personaje al que un día la historia pondrá en su lugar... ¿el olvido?) se dedicaba a difamar, insultar y contrarrestar toda historia mediática que osara cuestionar a Martinelli. Más duro es asistir a la opereta del virus hospitalario, a la falta de responsables, a la entrada a la ponchera de Frank De Lima, a los favores a amigos (como Ignacio Mallol), a los desprecios a la Unesco, a esta repetida forma de ignorar las mínimas formas de la gobernabilidad democrática.

Mientras, la realidad sigue siendo dura. En una estupenda nota merecedora de portada, Roberto González Jiménez, nos relata cómo los 20 años de crecimiento económico sostenido y de recaudaciones fiscales récord no han servido para nada. Bueno, sí, han servido para enriquecer a los de siempre y a los nuevos ricos que crecen a la sombra del poder. Pero en casi el 70% de los hogares panameños no entran ni mil balboas y al menos el 41% de los que trabajan lo hacen de manera informal: sin derechos ni protección. Pero Martinelli y el saliente ministro Vallarino tuvieron el descaro de hablar de “pleno empleo” en Panamá y se dedican a dar becas y bolsas con comida a sus ciudadanos, consolidando en el país una política populista y clientelista que siempre ha existido pero que este Gobierno está llevando al extremo.

Entonces... ¿por qué esta indolencia? ¿por qué este silencio de las mayorías? Hay análisis de cafetería en los que se argumenta que los panameños son gente calmada, un pueblo pacífico que no gusta del conflicto. Esta imagen es la que gustan de exportar las élites y los cobardes. Cualquiera que hable de redistribución de la riqueza, justicia social o respeto por los derechos de los pueblos y de los territorios es un radical. Hay que confiar, ya se sabe, en la Responsabilidad Social Corporativa y en el buen hacer de las ONG. Eso mantiene “calmada” a la población que a cambio de migajas renuncia a sus derechos fundamentales.

La calma del panameño puede terminar siendo una carga para la historia. La calma se transforma en indolencia, en cómplice silencio, en suicidio colectivo. Si Martinelli hubiera sido ecuatoriano estaría en este momento refugiado en Panamá, compartiendo apartamento con Abdalá Bucaram. Pero Martinelli parece colombiano, así que le pasará como a Uribe: ocho años de gloria y un futuro terrible mendigando amistad y eludiendo tribunales nacionales e internacionales. Con Bucaram comparte la locura, ese estado insano de iluminación en el que crees que tienes todas las razones de tu parte y que todos los que te cuestionan forman parte de un complot internacional. Con Uribe, Martinelli comparte el desprecio por la democracia y los derechos humanos y la tendencia a convertir el ejercicio de gobernar en una mala copia de las formas mafiosas.

El call center, que siempre ha existido sin necesidad de confesiones en televisión, estará afilando sus uñas y nosotros, los que hemos sido blanco de sus ataques, nos reímos en su cara. 24 horas antes de que me detuvieran y expulsaran de Panamá, manejaba el carro desde David hacia Panamá, en la noche cerrada. Y escuché por primera vez Radio Sol. Y me abordaron dos sentimientos. El primero fue el del recuerdo de Ruanda, de aquellas soflamas radiales que llamaban a los hutus a asesinar a las “cucarachas” tutsis. El tono era el mismo, el nivel de analfabetismo, similar. El segundo fue de profunda tristeza por Panamá, por su futuro, por su presente. Cuando un país cae en la indolencia y deja que lo gobierne un grupo de dementes, ningún mundial de béisbol puede aliviarnos.

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