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REFLEXIÓN

Méritos lapidarios: Dicky Reynolds O´Riley

La muerte no da la vida eterna, solo la certeza de que, cual aparato, el cuerpo sufre desperfectos que lo hacen inútil de manera permanente. De eso pueden dar fe Hugo Chávez o Margaret Thatcher, muertos ampulosos y mediáticos, de moda, que le quitan significado a cualquier evento de importancia que se dé en las agendas nacional e internacional.

La muerte desenmascara la naturaleza humana en el sentido de hacer del finado una persona con virtudes y defectos. Pero el respeto al infortunado obra el milagro de la santificación, con una narración prolija de todas sus vivencias, en especial, las buenas. Hugo Chávez fue considerado, motu proprio, como un discípulo de Bolívar por tratar de integrar a América Latina como un solo eje de progreso y afinidad; en cambio, la señora Thatcher, como una versión femenina de Winston Churchill, por el momento político que le tocó vivir al tratar de rescatar la mancillada dignidad imperialista de Gran Bretaña. Genio y figura hasta la sepultura, como pregona un dicho popular. Méritos lapidarios a prueba de pecados inconfesables o no reconocidos por sus seguidores, para tratar de mantenerlos vigentes. Son personajes cuya leyenda se nutre con la retórica para mantener sus ideales vivos, porque dormirán en la soledad del panteón cuando se acaben las pompas.

Hay gente anónima que muere sin siquiera ser homenajeada por el desgranar de un rosario que le dé la paz espiritual a su alma. En estos tiempos de ritmo de vida acelerada ya no hay novenarios para nadie, la sociedad, cual empresa, debe continuar en la tarea de producción de bienes y servicios. Las lágrimas se evaporan, los pésames se dan por Twitter o Facebook, aunque la muerte no sea un hecho virtual. No estamos preparados para lidiar con el tema de la mortalidad; desde niños nos enseñan a vivir de los recuerdos que produce esa condición. Después, en la adultez, nos percatamos de que la gente muere y nos convertimos en un inventario de deudos, amigos y conocidos. La muerte de otros, a ratos, nos hace recordar, valga la redundancia, que todos somos simples mortales, transeúntes de la vida. Nadie tiene patente para hablar sobre ella, porque solo la conocen los que han partido, y no hay pasajero que haya vuelto. No es un tema que fascine, por los temores que encierra, por lo tanto, procuramos sacarla de nuestro libreto y de nuestras divagaciones existenciales.

Muertos famosos como Omar Torrijos o Arnulfo Arias, los del patio, solo son ideales o la iniciación de doctrinas que se quedaron en ensayos nominales; sus seguidores o traicionaron su memoria o no tuvieron un cabal aprendizaje de sus métodos; de forma que solo los utilizan para sacarles réditos políticos. Los exhumamos a conveniencia con un ritual que a veces raya en el fanatismo deliberado por quienes lo emplean; por la ausencia de méritos propios para gerenciarse una personalidad como seres individuales o grupales. El mito que gira en torno a las figuras de liderazgo político, so pretexto de inmortalizarlos, se emplea como letras de cambio en el mercado de compra y venta de conciencias y utopías que, románticamente, llamamos elecciones.

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