ERROR DE TITULACIÓN

Meter la pata... sin querer queriendo: Francisco Bustamante

Meter la pata me suena a algo así como error involuntario. Pregunto: ¿Meter la pata significa que el facedor de dicha metida tiene pata y no pierna? ¿O error involuntario, significa que existen errores voluntarios?

Coincidirás conmigo en que no puede entenderse de esa manera. Meter la pata, dicen los entendidos, es una analogía o extensión aplicable a humanos, derivada de cuando los animales salvajes caían en trampas que le inmovilizaban una pata. Pero, sigo sin entender. El animal que metía la pata en la trampa estaba irremediablemente condenado a la muerte. Un lobo, un venado, un puerco salvaje, etc. No se salvaba.

La analogía no llega a tanto cuando se aplica a los seres humanos, específicamente, a los empleados gubernamentales, no importa el rango. Muchos meten la pata y, si bien, no salen premiados, salen eximidos de responsabilidades. Lo mismo ocurre con el error. Quien lo comete, dice que es “involuntario”, y este adjetivo actúa como bálsamo que cura las heridas; pareciera que elimina las responsabilidades o consecuencias que acarrea dicho error.

Es decir, “meter la pata” es igual a “error involuntario”, que es igual a que todo queda “perfectamente bien”. Definitivamente, es la invocación más clara a la impunidad y a sacarle el cuerpito –cual eximio torero o torera– a las consecuencias de los actos.

El error es peor cuando se comete con propiedades, activos o dineros públicos. Si ocurre con el patrimonio propio o con el de la familia propia, las consecuencias, te gusten o no, son personales. No hay cómo esquivarlas. Esto me lleva a otra reflexión: quienes meten la pata y cometen errores involuntarios lo hacen con lo ajeno, nunca con lo propio.

Pero, peor que meter la pata o cometer un error involuntario, es tratar de aclararlo o de explicarlo, porque muchas veces quedas peor que antes ¿o cómo se podría decir, perfectamente mal...? ¿Es posible? A veces es mejor admitirlo, aclararlo y seguir adelante, previa aplicación de las sanciones que procedan.

Lo último, para no aburrirnos, es el otorgamiento de derechos posesorios al florista más famoso de Panamá, el Sr. César Segura. Dicen las noticias que vendía flores en Paitilla, cerca de la Nunciatura, y pidió derechos posesorios sobre un terreno que ocupa un área de más de una hectárea, con un valor de entre 11 millones y 40 millones de dólares. Nunca he visto que un quiosco para la venta de flores a los transeúntes ocupe semejante extensión de terreno. En el mejor de los casos, de buena fe (pensando si cabe la expresión), podría reclamar ¿cuánto, 20 metros, tal vez? y ¿Exactamente dónde?

Por otra parte, los funcionarios involucrados se blindan y dan explicaciones en un idioma “burocratés” del más cerrado acento, para encubrir la metida de pata o el error involuntario y para que todo quede, perfectamente, bien o proponen una expropiación. ¡Válgame Dios!, no solo están acabando con el país, sino con el idioma.

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