LATINOAMÉRICA

Mitos y realidades de la izquierda: Eloy Fisher

Muchos olvidan que le oleada “rosa” que arrasó América Latina tuvo su origen en la crisis asiática y rusa de 1997. La crisis desaceleró el rebote de la región. La heridas de la década perdida permanecían abiertas, y con la fuga de capitales, el desempleo y los repuntes en los índices de pobreza, los votantes decidieron romper con la austeridad y exigir un nuevo rumbo político.

Así, en 1998 el primero de estos gobernantes, Hugo Chávez, llega al poder en Venezuela con el apoyo de la clase media. Chávez rompe con el puntofijismo bipartidista, que alternaba el poder político entre los adecos y los copeyanos. Tras su victoria, siguieron Ricardo Lagos en Chile (el primer socialista en liderar la Concertación) y, poco después, Lula da Silva en Brasil en 2002. Para 2009, 17 de los 20 países de la región reconocían gobiernos izquierdistas.

El tiempo decantó el estilo de gestión de estos gobiernos en dos: los izquierdistas que siguieron el modelo populista latinoamericano y el legado de la revolución cubana (Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y en menor grado, Argentina) y las administraciones social-demócratas (encabezadas por Brasil) tras la línea reformista de la Socialista Internacional.

El aumento de los precios de materias primas coincidió con el surgimiento de estos gobiernos y proporcionó recursos necesarios para realizar importantes inversiones sociales. Pero la muerte del presidente Chávez abre, nuevamente, el debate sobre la realidad y el futuro de la izquierda, inconcluso desde las primeras diatribas entre Bernstein y Kautsky, a finales del siglo XIX.

El ocaso de Chávez trajo a colación la efectividad de sus misiones y programas para reducir la pobreza y la desigualdad. Los datos no mienten; los pobres venezolanos hoy viven mejor que antes, pero también los pobres chilenos, brasileños y peruanos. Sin embargo, las mejoras en la calidad de vida no fueron una cuestión excepcional sino el producto de una coyuntura favorable y agresivos programas de inversión social.

El problema con los gobiernos más radicales es que estas mejoras sociales vinieron acompañadas de un deterioro marcado y sostenido de la estabilidad macroeconómica e institucional.

Es iluso pensar que Panamá escapa de esta realidad. Hoy existen organizaciones izquierdistas como el Frente Amplio por la Democracia (FAD) que acumulan fuerzas y están cerca de entrar formalmente al ruedo político. Existe mucha aprehensión sobre su plataforma, que si bien apela a sectores populares, no convence a capas medias que desconfían de los tumbos de Chávez y en menor escala, los de Correa; clases medias que se sienten traicionadas por un populismo contraproducente.

En la medida que estas organizaciones decidan ignorar las vallas que circunscriben el sistema económico panameño, la aprehensión es válida. Panamá no es Venezuela, Bolivia o Ecuador. El petróleo y el gas son bienes muchos más líquidos que el peaje canalero y constituyen un mejor salve para maquillar el costo macroeconómico de ese populismo.

Nuestra internacionalización bancaria y monetaria constituye una camisa de fuerza que disciplina las actuaciones del Gobierno. Por eso, sería descabellado e insostenible entrar en conflicto con esta realidad, a riesgo de revertir las ganancias de nuestro crecimiento económico.

Transformarla implicaría recurrir a una democracia plebiscitaria, socavar ya endebles contrapesos y profundizar aún más los quiebres institucionales de nuestro país; no es de extrañar que estos gobiernos tengan dificultades en resolver el problema de sucesión. No tiene nada de malo abogar por una mayor redistribución de la riqueza (en efecto, Cambio Democrático, el panameñismo y el PRD comparten esta visión), pero la sagacidad política requiere saber tantear los límites del poder y no dejarse embriagar por sus mieles.

Hasta ahora, Panamá ha tenido una mala experiencia en ese sentido... solo nos queda esperar que no empeore.

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