¿Moral política o real politick?

Rafael Mezquita

Los partidos políticos llevan una década de transición hacia estadios no definidos aún, producto de la derrota del socialismo real, de la irrupción del mundo unipolar, de la poca diferenciación entre ellos, y de la crisis de las ideologías, en donde las fuerzas del mercado y la democracia partidista se han ganado un importante espacio en las mentes de los ciudadanos. En adición a dicho estado universal, en Panamá, el logro de nuestra soberanía total produjo un vacío de banderas nacionales, que la lucha por la equidad social no ha podido llenar. Como resultante de ambas realidades- la externa y la local- muchos piensan que estamos cerca del final del modelo de partidos políticos.

De allí la fuerza con que la real politick _ entendida esta como la concepción de la política, en donde lo vital es el logro y la permanencia en el poder y no tanto el proyecto de país que el partido desea construir, se manifiesta con tanta fuerza en nuestra realidad. Bajo esta concepción, los partidos son concebidos única y exclusivamente como instrumentos para acceder al poder y así, terminado el período electoral, los cuadros del colectivo ganador se zambullen en las tareas de la burocracia y los cuadros perdedores, a esperar cinco años, porque entre elección y elección, el espacio de presencia social solamente lo debieran llenar las instituciones de la sociedad civil. El partido o sus dirigentes que no se sometan a estas reglas de origen oligárquico están llamado a ser acusados de politiqueros, o de querer adelantarse a los tiempos electorales.

El PRD, bajo su actual conducción, como partido permanente y en oposición, se ha venido negando a desaparecer entre elección y elección, ya que entiende que tiene tareas de diario cumplimiento. Por tal razón, está sometido a la presión constante del Ejecutivo, quien haciendo uso de todos los instrumentos y recursos del poder conspira para dividirlo, intenta chantajear a sus legisladores y a algunos periodistas y fomenta en los medios de comunicación una campaña permanente para desprestigiar a los políticos, sobre todo a los que actúan como oposición en la Asamblea Legislativa.

Pero cuando el PRD hace uso de su derecho constitucional, legal y estatutario e intenta aplicarle la revocatoria de mandato a los legisladores que no siguen las instrucciones del partido (que en el caso de la ratificación como magistrado de Winston Spadafora la posición del partido coincide con la voluntad mayoritaria de la sociedad), los voceros de la real politick y del Ejecutivo gritan “no se vale”, como si el chantaje fuera válido, no así el castigo al que se deje chantajear. En este caso, los instrumentos legales de defensa del PRD son la única contención a los instrumentos “concretos” del Ejecutivo.

¿Pero por qué la obstinación del PRD a no dejarse dividir su bancada? Sucede que valores tan escasos como la unidad interna, la disciplina partidaria o la ética política, son los principales instrumentos para elevarle la moral a las bases de cualquier tejido social o partido. Y la moral es el combustible fundamental que mueve al hombre a realizar faenas cercanas a lo imposible, en un mundo que desde hace mucho, privilegió lo material -las reglas del mercado- sobre los valores del espíritu.

Los partidos políticos son, a pesar de todas sus imperfecciones, los únicos instrumentos de interlocución entre el Estado y la Sociedad y la única forma de acceder al poder, para desde allí construir sus respectivos proyectos de Nación. La historia reciente de Perú y Venezuela nos ha enseñado que cuando las sociedades lideradas por falsos mesías, deciden acabar coyunturalmente con el régimen de partidos, tarde o temprano se percatan de su error y los mismos vuelven a tener vigencia porque a la fecha, el hombre no ha inventado una mejor alternativa para viabilizar la democracia.

En los regímenes democráticos- partidistas se observan excesos, pero el costo social de corregirlos, siempre es menor que acabar con el sistema. El quid del asunto es construir mejores políticos, fortalecer las instituciones políticas, educar políticamente a nuestro pueblo, para que llegue a comprender que en el oficio, lo electorero -o sea, el ejercicio del poder- constituye lo superficial, lo coyuntural; mientras que lo ideológico -o sea, el proyecto que impulsa el partido desde el poder- es lo trascendente, lo estructural, lo permanente.

Las nuevas realidades políticas del mundo dificultan la vigencia de los partidos políticos permanentes, sobre todo en oposición y teniendo en frente la hostilidad de un Ejecutivo que como el nuestro, hace de la real politick el único instrumento válido para mantenerse en el poder. En el camino (o sea en la ratificación o no de Winston Spadafora) y en los próximos obstáculos que aparecerán de aquí al 2004, podrían caer algunos pocos perredistas, pero resistirá la mayoría, porque el PRD viene y se sostiene de una mayoría con orígenes y fundamentos ideológicos de la vieja escuela. Allí lo titánico de la pelea, por eso lo grandioso de la recompensa.

El autor es ex-ministro de Estado

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