AMÉRICA LATINA

Narcotráfico y narcocultura: José A. Friedl Zapata

Los grandes cambios políticos y culturales los producen, mal o bien, las grandes revoluciones. Más de 100 años después de la revolución mexicana y más de medio siglo luego de la cubana, ahora presenciamos una nueva en el continente: la del narcotráfico. Esta trajo consecuencias trascendentales, súbitas y violentas, que significan un peligro latente para el orden democrático. Para alguien que ha investigado el tema durante años, tal irrupción es dramática y sin precedentes, y ha llevado a varios países al borde de transformarse en casi fallidos o lo que sería peor, en simples narcoestados.

El impacto del narcotráfico ha hecho que la economía subterránea de muchos se haya vuelto cuasilegal y aquella legal, casi quedó enterrada en un pozo profundo. Varias mega y minicrisis financieras se han salvado, probablemente, con la ayuda de la venta de cocaína y marihuana a los ávidos consumidores estadounidenses, enriqueciendo así a narcos y corruptos en ambos lados de la frontera. Es hora de que Estados Unidos considere, seriamente, el abuso de drogas como un problema de salud pública y aplique políticas serias de prevención.

Con la rápida y arrolladora presencia del narcotráfico surgió una impactante narcocultura en nuestro continente. Los valores morales cambiaron de forma radical, ya no se respeta la vida, la muerte ni la honradez. Se cambió la moral del pecado, por la moral del dinero, ahora todo vale. Síntomas de esta penetración los vimos, por ejemplo, en la reciente fuga de una cárcel de máxima seguridad, en Sinaloa, del narcotraficante mexicano El Chapo Guzmán, algo que no hubiera sido posible sin la colaboración de las más altas autoridades del Estado.

Ese acto, lejos de recibir una condena por parte del pueblo mexicano, recibió su apoyo porque muchos lo consideran casi como un héroe nacional, por eso, festejaron su fuga. Tal comportamiento se plasma en docenas de “narcocorridos” de mariachis, esas glosas del caciquismo mexicano destacan ahora las hazañas delictivas de estos criminales, con grandes dosis de machismo.

El Cartel de Sinaloa obtiene ganancias netas anuales de 3 mil millones de dólares –esto solo por sus actividades en Estados Unidos–, comparables al volumen de ganancias de Netflix o Facebook. Por esto, El Chapo figura en la nómina de las personas más ricas del mundo, según la revista Forbes. Pero Guzmán no es el único caso de un narcomafioso exitoso en el continente. Hace pocos días, en la Argentina los medios de prensa independiente y los políticos de la oposición acusaron a Aníbal Fernández, actual jefe de Gabinete y mano derecha de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de ser el jefe de una banda de narcos, con ramificaciones internacionales, y de estar involucrado en la muerte del fiscal federal Alberto Nisman.

La narcocultura cuenta ya en nuestro continente con su propio lenguaje y sus medios de comunicación, que intentan penetrar al mundo cotidiano en busca de más aceptación social. Los narcocorridos son solo una pequeña manifestación, y se escuchan ya hasta en los barrios marginales de Buenos Aires. A esto sumemos las populares telenovelas y películas, con galanes que muestran cómo amasar fortunas en base al negocio de las drogas, la violencia, el sexo y la muerte. Es un boom de la narcocultura en los medios. Basta recordar títulos como: El Patrón, La Viuda, El Jefe de los Jefes, Sin tetas no hay paraíso, Rosario Tijeras, etc.

La narcocultura se ha extendido también a la literatura, a la arquitectura, al fútbol y a tantas otras actividades. El gigantismo es su rasgo más importante, la ostentación de la abundancia en todos los sentidos. Exagera el ya existente estereotipo del nuevo rico latinoamericano, que presume de peluches gigantescos o un osito panda, tamaño natural, para la habitación de los niños. Es el éxtasis del consumismo kitsch más ramplón.

La narcocultura no terminará mientras continúe el narcotráfico, pero aún estamos a tiempo de reaccionar, con racionalidad y sentido común, y frenar un proceso que puede transformar a muchos de nuestros países en narcoestados. Contamos con un rico potencial humano y una larga tradición en la búsqueda de sistemas democráticos y de estructuras de libre mercado que pongan freno a los peligrosos populismos, que no hacen sino facilitar el crecimiento de esta plaga del narcotráfico y la corrupción, como ha sucedido en Cuba y sucede hoy en Venezuela y Argentina. Estamos a tiempo.

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