EXHORTACIÓN

Naturaleza y espiritualidad: Carlos Guevara Mann

En su primer encuentro con el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el papa Francisco exhortó a los gobiernos allí representados a luchar contra la pobreza y a favor de la justicia y el medio ambiente. Para ilustrar su planteamiento ambiental, el pontífice rememoró a san Francisco de Asís, cuya trayectoria “enseña un profundo respeto por toda la creación, la salvaguardia de nuestro medio ambiente, que demasiadas veces no lo usamos para el bien, sino que lo explotamos ávidamente, perjudicándonos unos a otros” (Servicio Informativo Vaticano, 22 de marzo).

La exhortación viene como anillo al dedo a la sociedad panameña, artífice y víctima de graves afectaciones ambientales que ponen en peligro la salud, la sostenibilidad y la vida en nuestro país. Los terribles efectos de la depredación del ambiente natural son cada día más evidentes.

En la capital, aún no terminamos de superar las graves consecuencias del incendio en el relleno (¿vertedero?) de cerro Patacón. El desastre ha llamado la atención ciudadana sobre el deplorable tratamiento de la basura que producimos. Un país que pretende presentarse al mundo como ejemplo de modernidad y desarrollo opera, en un ámbito tan esencial como el del manejo de los desechos sólidos, de acuerdo con metodologías (si es que se las puede llamar así) primitivas, desfasadas y notoriamente agresivas al ambiente.

Fuera del área metropolitana, la campiña panameña, cuya imagen plácida y bucólica deseamos mostrar en el extranjero, es pasto de las llamas, con su consecuente impacto sobre el aire, la temperatura y la calidad de la tierra y el agua. Ocurre todos los años en esta época, desde tiempo inmemorial, sin que hasta la fecha haya podido superarse la práctica bárbara de las quemas. A pesar de ello, insistimos en declarar que somos un país de primer mundo.

Es positivo que el nuevo pontífice, como sus predecesores, contribuya a crear conciencia al respecto del ambiente natural y la necesidad de adoptar un modelo de desarrollo que procure mayor armonía con la naturaleza. Las razones que normalmente se arguyen son de todos conocidas: el deterioro del ambiente impacta la disponibilidad de agua y alimentos, la calidad del aire, la biodiversidad, las opciones de recreación y otras esferas fundamentales para la vida humana.

Menos frecuentemente se alude a los beneficios del ambiente sobre el bienestar emocional y espiritual de los seres humanos. En estos días de reflexión, esta es una importante consideración.

Días atrás, una nota publicada en Huffington Post expuso importantes criterios acerca de los efectos positivos que la vista y contemplación de la naturaleza ejercen sobre nuestra salud emocional, claridad mental y productividad (http://www.huffingtonpost.com/marielle-anzelone/how-the-view-from_b_2838448.html?utm_hp_ref=healthy-living&ir=Healthy%20Living). La observación es particularmente relevante a las poblaciones urbanas, a muchas de las cuales les toca sobrevivir con poco o ningún contacto con ambientes naturales.

El planteamiento, por supuesto, no es nuevo. A lo largo de los siglos, las mentes más lúcidas han valorado la naturaleza como fuente de nutrición para el alma y los poetas la han presentado como un elemento de la creación merecedor de aprecio y valor. A propósito, conviene recordar la prodigiosa silva A la agricultura de la zona tórrida de Andrés Bello, en que el autor describe con maestría clásica hasta el mínimo detalle de la naturaleza tropical y los inmensos beneficios que rinde a la humanidad.

Conviene también recordar los hermosos versos de Gerardo Diego, escritor español de la Generación de 1927, al ciprés de Silos, cuya contemplación, en ese entorno místico, motiva al poeta a la virtud y le inspira profundos deseos de superación personal: “Cuando te vi, señero, dulce, firme, / qué ansiedades sentí de diluirme / y ascender como tú, vuelto en cristales, / como tú, negra torre de arduos filos, / ejemplo de delirios verticales / mudo ciprés en el fervor de Silos”.

En estos días de recogimiento, que muchas personas pasarán fuera de las ciudades, consideremos la dimensión espiritual del ambiente natural y hagamos de él un motivo adicional para promover el cuidado de la naturaleza.

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