EL PESO DE LAS CULPAS

¿Hasta cuándo Noriega?: Anays Jaén

El general Manuel Antonio Noriega nació en Panamá el 11 de febrero de  1934. Es un militar y político, que fue líder castrense y gobernante de facto en el país. Desde 1983 hasta 1989 asumió la dictadura que mantenía al país inmerso en una grave crisis económica, social y política.

En 1989, Estados Unidos invadió a Panamá con la finalidad de capturar al “gran hombre” y, con ello, causó un caos total en todo el territorio. En esa tarea, los más afectados fuimos los ciudadanos, que pagamos las consecuencias de esa búsqueda incansable. No me cabe en la cabeza cómo un equipo tan avanzado de militares, soldados o como quieran llamarle, no pudo entrar al país y, simplemente, llevarse al hombre que dañaba y atemorizaba a la ciudadanía, en lugar de afectar a todos los que vivimos esa etapa terrible de la historia patria. Los que presenciamos esa tragedia observamos cómo se quemaban las casas, dejando a niños sin hogar, sin  juguetes y sin cena de Navidad; vimos miles de establecimientos comerciales vandalizados y calles sombrías. Nadie sabía qué pasaría, solo veíamos vehículos de combate con gringos a los que, a duras penas, se les veían los ojos. Ellos tenían órdenes de matar a todo el que se resistiera.

Pensemos por un momento si Panamá merecía esa invasión. Por supuesto que la respuesta es negativa, pero ya no podemos cambiar la historia. Por eso es importante plasmar en los libros todo lo acontecido hace casi 26 años, para que los niños y adolescentes conozcan más de esa etapa de la vida patria que, lamentablemente, no ha sido bien detallada. Solo nos enfocamos en  la culpabilidad de Noriega y si es justo que pague por sus delitos.

Hoy día vimos cómo un hombre arrepentido pidió perdón ante las cámaras. Y no solo a los que afectó, física y psicológicamente, sino a todos los panameños que vivimos esa época y a los que no la vivieron.

Al parecer, no es suficiente todo el castigo que se impuso a ese hombre, quien pasó tantos años encarcelado, primero en Estados Unidos, luego Francia y ahora en Panamá. Soy de pensar que él ya pagó con creces todo el daño que causó.

¿Quiénes somos nosotros para seguir torturando a una persona de edad avanzada, que lo único que pide es estar junto a sus familiares y morir en paz?

¿Cuánto más castigo merece? ¿El hecho de que fallezca en prisión nos devolverá nuestros muertos, casas o negocios perdidos? Lamentablemente, no. Por esa razón, me toca elevar mi voz, no para excusarlo sino para que nos pongamos la mano en el corazón y dejemos de ser inhumanos.

Somos hombres e hijos de hombres, de forma que nuestra naturaleza nos hace pecadores. ¿Quién puede decir con certeza que está libre de toda culpa? Nadie, entonces no pongamos más el dedo en la herida de ese ser creado por nuestro padre celestial y dejemos que en sus últimos días tenga alivio su alma.

El peor castigo es el que nos recuerda la conciencia, y yo estoy más que segura que la conciencia de Noriega no lo deja vivir. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

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