CARTA ABIERTA

Nueva generación democrática: Javier Yap Endara

Hace 24 años yo cumplía un mes de nacido. Mientras que a muchos hoy día le celebran su primer mes con alegría y en familia, yo me encontraba en un avión militar siendo sacado del país que me vio nacer, Panamá, y sin fecha de regreso. Panamá era completamente diferente. El régimen militar PRD (Partido Revolucionario Democrático) no sólo no reconoció la victoria del pueblo, sino que además aterrorizó a mi familia por tener a mi abuelo, Guillermo Endara, encabezando la lucha democrática. Me forzó a irme de mi país, y me quitó la oportunidad de crecer con mi abuela Marcela, quien no aguantó y falleció en medio de diarias amenazas provenientes del régimen.

Y como yo, la gran mayoría de ustedes tienen sus cicatrices personales que contar, incluidos los que sufrieron de la invasión. Sólo pregúntenles a sus padres, pues es muy importante descubrir de dónde venimos para saber a dónde vamos.

Ahora, 24 años después, me doy cuenta de lo afortunado que soy de haber crecido en un país libre y democrático. Yo, al igual que todos ustedes de mi generación, estamos haciendo historia por el simple hecho de que somos el primer producto de un Panamá nuevo. Somos la primera generación democrática. ¿Se han preguntado ustedes la trascendencia de esto? Tenemos una mentalidad distinta a las anteriores; tenemos una experiencia de libertad jamás vivida en nuestro país; tenemos diferentes motivaciones, principios y valores. Y especialmente, tenemos una responsabilidad compartida de transformar a Panamá en un país que represente estos nuevos ideales.

Nosotros, la primera generación democrática, tenemos que llevar a Panamá hacia nuevos tiempos. Muchos de aquellos que actualmente tienen el poder político y económico vienen de una época diferente, y por lo tanto, no ven a través de nuestros ojos y repetitivamente cometen errores que nos parecen inexplicables. Hay muchos cambios que no se hicieron cuando recuperamos la democracia, y que hasta el día de hoy siguen en el olvido.

Para nosotros estos cambios van más allá de obras y proyectos; para nosotros es lograr un Panamá más justo y democrático. Si miran a su alrededor y les da coraje las injusticias que se siguen viviendo: no se sientan solos. Si ven que sus amigos y quienes los rodean tienen un sentido de justicia que no cuadra con lo que se ve en la calle: no se sientan impotentes. Nosotros tenemos un sentido renovado de decencia y principios éticos que están descuadrados con gran parte de las generaciones anteriores. Por eso, tienen todo el derecho a sentirse descuadrados, pero jamás solos o impotentes, porque tienen que saber que no lo están.

Se sorprenderán si les confieso que este pequeño escrito no es para pedirles que salgan ya a transformar Panamá. Por el contrario, les vengo a pedir que ahora establezcan prioridades que les durarán toda una vida. Antes que nada, debemos hacer la transición de jóvenes a adultos sin perder nuestro sentido humanitario y sin dejar que la avaricia penetre nuestros corazones que nos hacen personas de bien. Panamá lo que necesita ahora mismo es una inyección de seres humanos, no de políticos.

Dentro de exactamente un año habrá elecciones en donde la voluntad de nuestra generación va a decidir quiénes serán los próximos gobernantes. Nosotros tenemos tres opciones en este próximo año. Las primeras dos son extremos opuestos: Creerse impotente y ser indiferente, o por el contrario, dejarse utilizar ciegamente por una campaña y su publicidad. Y la tercera, que vengo a pedirles, es establecer sus prioridades y actuar en base a los principios con los que han crecido.

Solo si hacen este sacrificio inicial de establecer prioridades podrán darse tiempo de crecer como personas. “Solo en la prueba de fuego se sabe que el acero es real”; y no tengo duda de que nuestra convicción es real y por lo tanto, haremos los sacrificios.

Ahora mismo, nuestro deber es sacrificarnos en los estudios y no desviarnos del camino. Hacer lo imposible por ganarnos una beca o pedir un préstamo al Ifarhu para estudiar en el exterior y así ampliar nuestros horizontes. Créanme que vivir una experiencia fuera del país da una perspectiva que no se puede medir en dinero. Y luego que culminen estudios, hay que ser profesionales decentes y hombres y mujeres de familia. En todo caso, si no llegasen a servir a la patria en el gobierno, siéntanse orgullosos de que también sirven a la patria aportando al desarrollo del país.

Creo firmemente que ambas pueden ser igual de nobles. Hoy tenemos un gobierno de la gente, por políticos, para políticos. Nosotros queremos es un gobierno de la gente, por seres humanos, para seres humanos. Las prioridades que establezcan ahora les durará el resto de su vida y, solo estas cambiarán la sociedad panameña. ¿Si me preguntan mis prioridades? Dios, familia, y patria. En ese orden.

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