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FORMACIÓN HUMANA

Obligaciones y derechos: Miguel Ángel Bolobosky Ferreira

Cabe la posibilidad de que por haber nacido en el siglo pasado, esté un tanto desfasado con respecto a eso de los derechos. Y lo que ayer era una verdad relativa, hoy sea una verdad absoluta. Me explico. Desde siempre mis padres me inculcaron que previo a cualquier derecho existían obligaciones que cumplir. Que no había nada garantizado o por hecho y que todo aquello a lo que justamente aspiraba tenía una contrapartida, que se traducía en aquello que debía entregar o hacer, a cambio de que se me reconocieran mis justas aspiraciones.

Por ejemplo, la mesada (o cosita, como decíamos allá en Colón) tenía como contraprestación hacer algunos oficios caseros como lavar el baño, botar la basura y, por supuesto, no haber escuchado de nuestra maestra consejera alguna queja por mal comportamiento.

Así, las salidas de los fines de semana estuvieron condicionadas a la calidad de las notas que aparecían en el boletín (que en mi caso se entregaba semanalmente), por lo que mi madre conocía bien cómo andaban las cosas. Y la verdad sea dicha, mejor resultaba el sacrificio del estudio, que ser cuasi sacrificado por los correazos de mi madre. Incluso, asistir a los famosos nigtha o night a fun (eventos que elevaban y mejoraba tu calificación en el mercado social) era un derecho que conllevaba una gran responsabilidad.

Nada en mi vida, ni en la de muchos panameños que se educaron y moldearon en el siglo pasado, tuvo como condicionante la gratuidad de las cosas, de suerte que el deber, la responsabilidad y el compromiso constituyeron la base de nuestra formación. Eso sí, más por obligación que por vocación, pues seamos honestos, de no haber sido inducidos en un proceso multidireccional, en el que padres y docentes nos inculcaron conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar –no solo a través de la palabra, sino del ejemplo presente en acciones, sentimientos y actitudes– es seguro que caminaríamos en la calle de los puros derechos y Estado paternalista.

Es decir, hubo un regente –padres y maestros– que sin ser ni aspirar a la perfección comprendió que el futuro de la patria, en general, y de cada quien, en particular, transitaba por aceptar que no hay derecho sin obligación y menos sin responsabilidad. Por consiguiente, podemos decir que la obligación –más que moral– surge de la presión que ejerce el intelecto, o lo que defino como el poder del yo individual, por sobre la voluntad frente un valor determinado. La obligación entendida desde un criterio de responsabilidad hacia uno mismo y, por ende, hacia la sociedad. No es la obligación que se siente por la presión externa.

Cuando una persona percibe un valor con su discernimiento, se ve atraída por este y el raciocinio propone a la voluntad la realización de tal valor. Se trata pues, de una exigencia propia de la razón, fundamentada en un valor objetivo, pero nacida en lo más íntimo y elevado de cada ser: su propia razón.

Entendiendo que los derechos son parte inalienable e irrenunciable de todo humano. La pregunta es: ¿Qué viene primero, el huevo (los derechos) o la gallina (las obligaciones)? Una de las mayores dificultades de la sociedad es, precisamente, desentenderse de determinar la frontera entre una y otra palabra, la actitud, en consecuencia, se inclina hacia la aplicación de los derechos, más que a la compensación, con obligaciones.

Es así como la sociedad actual, en el cumplimiento de sus obligaciones, presume y sabe que posee derechos, pero está demostrado que también, con frecuencia, los sobredimensiona de forma intencional, “aprovechando” al máximo todo el abanico de posibilidades que las normas le confieren. Como consecuencia de lo anterior, surgen conductas reñidas con la buena convivencia, que desconocen el respeto a la autoridad, al entorno y a sí mismo. Concluyo con una cita de John Kennedy: “Compatriotas: no preguntéis qué puede vuestro país hacer por vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país”.

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