EL MALCONTENTO

Operación Jaqué: Paco Gómez Nadal

No es la primera vez que escribo de Jaqué y, por desgracia, no será la última vez que lo haga sobre los mismos temas. Me encantaría hablar de Jaqué por la franqueza de sus gentes, que conozco. O por las posibilidades turísticas o ambientales de la zona, que he disfrutado. O por los personajes heroicos que he ido conociendo en mis viajes a Darién y que me han enseñado mucho de la vida y de las dignas resistencias a las que nos obliga.

Me gustaría un día poder dedicarle un artículo a mi hermano Heriberto Torres, uno de esos hombres imprescindibles que nunca, ni siquiera a una edad pensada para disfrutar del tiempo y de los tuyos, ha dejado de luchar por los derechos de su gente y cuyo inquebrantable sentido de la justicia es para mí una guía de supervivencia en este planeta de alimañazas y de poderes sin límite.

Sería magnífico compartir con los lectores, cuya mayoría no ha podido recorrer esa costa del Pacífico limítrofe con Colombia, la hermosura de la selva darienita cayendo casi sobre el mar o la generosidad en medio de la escasez de las gentes de Cocalito: las familias wounnan que son la última representación panameña y a los que se trata como delincuentes potenciales por el hecho de vivir donde siempre han vivido.

Deberían conocer la fértil siembra de solidaridad que hizo Beatriz Schmitt en Jaqué y en algunas comunidades cercanas que permite una cosecha de centros de educación infantil y una institución de educación secundaria ya ejemplar a pesar de navegar siempre contracorriente...

En fin, me gustaría no tener que tender este puente de palabras con Jaqué para denunciar el confinamiento al que está sometida su población; el miedo de la vida cotidiana, la arbitrariedad del ejercicio de Gobierno en la región. Hay que recordar –porque en eso de la memoria estamos atascados– que fue Martín Torrijos, en 2008, el que creó unas condiciones legales para que las tropas de Senafront tuvieran poderes excepcionales allá donde operan. El actual Gobierno se encargó de hacerlas realidad con una inversión brutal en la militarización del Servicio Nacional de Fronteras, con un acuerdo no publicitado con Estados Unidos para el calentamiento de la frontera con Colombia y con una estúpida declaración de guerra contra una guerra que no es panameña, la colombiana, y un complicado equilibrio en asuntos de narcotráfico.

En Jaqué, como cabecera principal del área, y en la región la vida se ha complicado mucho desde 2010. Senafront utiliza la misma y errónea táctica del ejército colombiano: criminalizar a los civiles que habitan zonas complicadas por la presencia de guerrilla y/o narcotráfico. Así, el Estado panameño, representado allá en exclusiva por Senafront, trata a los habitantes como delincuentes en potencia, limita al extremo su actividad productiva, complica comercio y compras de supervivencia, y hostiga a una población ya de por sí golpeada por la pobreza y la exclusión.

Después de siglos sin presencia del Estado, este aparece para reprimir y asustar. Mala fórmula que ha dado terribles resultados en Colombia y que no tiene por qué dar mejores acá.

No puedo olvidar aún mi última visita a Cocalito y la pelea con un oficial de Senafront porque sus hombres, armados hasta los dientes, se protegían en la escuelita y debajo de las casas de los indígenas de una guerra que luego él mismo negaba. Tampoco la forma de atemorizar a los pocos turistas que se atrevían a subir por el río Jaqué avisándoles de que subir a un lugar tan hermoso y pacífico como Biroquerá era un paso certero hacia la muerte. O los llamados desesperados que me hicieron varios maestros de la zona que veían cómo la cotidianeidad se iba degradando a la misma velocidad que el pie de fuerza de Senafront crecía en las comunidades.

Así no se hacen las cosas. Es posible que nada de esto viera el embajador de Estados Unidos cuando visitó la zona hace unas semanas. Senafront presume de ese viaje. O igual si lo vio y le gustó, porque ese es el deseo de Washington: una frontera caliente que siga justificando la millonaria inversión en armas, formación militar y bases aeronavales que pueden meter a Panamá en una “guerra contra el narco” tan estéril y sangrienta como la que destrozó primero Colombia y ahora México.

Yo me atrevo aquí a hacer un llamamiento a las organizaciones de derechos humanos y de la llamada sociedad civil para que le pongan el ojo a Darién. Esta nueva Operación Jaqué se diferencia mucho de la que pierde la tilde porque se trata de reivindicar los derechos de los darienitas, la dignidad de su opacada resistencia, la necesidad de restablecer el estado de derecho en Darién y acabar con el estado de excepción ilegal que allí reina y que está calentando una bomba de tiempo. Si los civiles no ayudamos a los civiles, seguiremos abonando el terreno para los militares que, con poco disimulo, están retomando el poder en Panamá. Ya sabemos cómo hacen las cosas ellos y en Jaqué están aplicando su modelo a la perfección.

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