COLUMNA INVITADA

Optimismo para la salud: Marina Ortiz Mingot

Las personas que son optimistas viven un 19% más que los pesimistas, según concluyó un estudio de la Clínica Mayo, de Nueva York, en la que participaron 839 personas. La investigación, que duró 30 años, afirmaba que la buena salud no depende solo de valores físicos, sino también de la actitud con la que las personas viven cada día.

El optimismo está muy relacionado con la responsabilidad que asumimos o no las personas ante lo que nos pasa. Cuando se trata de una situación negativa, una persona optimista se cuestiona qué es lo que puede hacer para rectificar, mejorar, cambiar o solucionarlo. Por el contrario, alguien pesimista tiende a sentirse impotente frente al mundo o incluso frente a sí mismo y espera que sean las circunstancias externas las que cambien. Estas diferenciaciones también tienen una traducción a nivel de lo físico, alguien con una visión positiva de la vida tiende a ser más enérgico y activo, por lo que su colesterol y niveles de azúcar en sangre son mejores. además de tener un índice de masa corporal más saludable y cuidar el sistema cardiovascular, según la nutricionista Consuelo Pardo. Del mismo modo se asocia la pereza y el sedentarismo a alguien deprimido y sin ganas, lo que podría derivar en problemas de salud como diabetes o sobrepeso.

A su vez ser más positivo puede ayudar a superar miedos y tener mejor autoestima. Además, no solo se obtienen beneficios en la vida de la persona que toma esta posición ante lo que le ocurre, sino que tiende a preocuparse más por los demás y a destacar lo bueno de cada uno.

Pero no hay que dejarse confundir por lo que se considera optimismo. No es sinónimo de ingenuidad o de negación de la realidad ya que todo el mundo tiene problemas y dificultades a lo largo de su vida. Una persona optimista los sabe reconocer y también le afectan, pero es capaz de enfrentarse a ello de forma constructiva, así asume su responsabilidad y consigue definir estrategias de acción basadas en la esperanza para afrontar la realidad y cambiarla si es necesario.

Acoger esta mentalidad, como forma de vida, no suele ser fácil ya que tendemos a desanimarnos cuando se presentan situaciones problemáticas o desagradables, pero podemos aprender a sacar el lado positivo de las cosas, o al menos a no centrarnos tanto en lo malo. Un factor que influye mucho en este aspecto es la educación de los hijos. Si desde pequeños se les explica por qué las cosas suceden y se les enseña a aceptar la realidad, pero no a resignarse, sino a trabajar y hacerse responsables, es más probable que adopten una visión optimista.

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