EL MALCONTENTO

Panamá patriarcal: Paco Gómez Nadal

Panamá patriarcal: Paco Gómez Nadal Panamá patriarcal: Paco Gómez Nadal
Panamá patriarcal: Paco Gómez Nadal

Panamá no es una excepción en este planeta tan hostil para las mujeres, pero la verdad es que su estructura social rezuma patriarcado en su peor versión. El patriarcado, que se manifiesta de diferentes y múltiples formas, no deja de ser una forma de ejercer el poder, una forma terriblemente masculina de ejercer el poder. Es decir, que el patriarcado no solo hace daño a las mujeres, sino que contamina casi todas las esferas de la vida: la educación, el entorno laboral, el ocio…

Esa forma patriarcal de ejercer el poder es vertical, agresiva, competitiva, “cosificadora” del otro, heteronormativa, deficitaria de emociones y acostumbrada a no preocuparse por el cuidado del otro o de la otra. Esta forma patriarcal de violencia no distingue clases sociales, entornos familiares o niveles culturales. Por eso, es nociva para hombres y mujeres, para niñas y niños, para las personas mayores, para casi todo el mundo. El opresor hombre es victimario y víctima de un modelo social perpetuado, pero ese hecho no lo exime de la responsabilidad por sus actos ni le cierra las puertas al cambio. Solo permanece en la zona de “privilegios” heredados quien disfruta en esa posición.

Las mujeres, a veces también reproductoras de la lógica patriarcal (cuando educa, cuando ama, cuando se inferioriza o cuando juzga con horror a aquellas que se han emancipado) son, sin embargo, las principales víctimas de este estado de cosas. La llamada modernidad o el autodenominado desarrollo se concentra en la economía o en lo material y deja intactas las estructuras patriarcales tan necesarias para un modelo capitalista voraz que no sería entendible sin esta forma de ejercer el poder de forma cotidiana. Por eso, para el tema en cuestión, da igual cuánto suba el ingreso medio del panameño, es indiferente cuántas líneas de Metro corran bajo nuestros pies, no afecta el que haya más o menos corrupción... Tampoco sirve el famoso discurso del cambio educacional (porque el sistema educativo también es patriarcal) o apostarle a las campañas anecdóticas y coyunturales cuando todo el entorno mediático y publicitario está cargado de mensajes e imágenes que hacen de la mujer un objeto utilizable, un cuerpo que poseer, una cuidadora gratuita, una limpiadora que, de vez en cuando, puede satisfacer las “necesidades” fogosas de los varones (como si ellas no tuvieran hormonas ni feromonas).

El cambio llegará con un ataque de frente a las formas del patriarcado hasta conseguir llegar a su fondo y transformarlo. Y ese ataque lo tenemos que hacer nosotras y nosotros, y hacerlo de forma pública, en los espacios sociales donde se perpetúa la cultura patriarcal. Por eso me ha llamado la atención el movimiento Atrévete Panamá, capítulo local de algo más planetario, dedicado a combatir el acoso callejero. El pinche piropo es agresión, es ejercicio del poder, es soberbia, es violencia. El seguir a una mujer, el desnudarla con la vista, el rozarla, el ejercicio vulgar de una sexualidad mal entendida es acoso, es la parte visible de un modelo que desprecia a la mujer que no sea florero.

¿Recuerdan el escándalo por el proyecto de ley liderado por Ana Matilde Gómez para castigar este tipo de acoso? La tormenta pasó y las calles o centros de trabajo de Panamá siguen siendo un lugar peligroso y humillante para muchas de las panameñas que los recorren. En Bélgica, donde sí hay una ley para controlar este fenómeno, el texto es claro y castiga “todo gesto o comportamiento que tengan la clara intención de expresar desprecio hacia una persona por razón de su sexo, de considerarla inferior o de reducirla a su dimensión sexual y que comporte un grave daño a su integridad”.

Los testimonios que comienza a recopilar Atrévete Panamá en su sitio en internet son espeluznantes y en Bélgica serían multados. Miren este: “Yo estaba caminando a la casa de mis amigos. Un hombre empezó seguirme, mientras agarraba el pene. La calle estaba desocupada, y yo no tenía ningún manera de defenderme. Cuando doblé la esquina, él dejó de seguirme”. Los defensores de la tradición patriarcal dirían que no pasó nada, que no la violaron, que se exagera... La dignidad no se agrede un poquito o un muchito... se agrede y los acosos “pequeños” son la semilla para los feminicidios, los maltratos psicológicos, las pesadillas en el hogar.

Cuando un hombre siente que puede hacer lo que quiera con una mujer, que esta es o podría ser de su propiedad, entonces, puede decidir sobre su vida.

Ojalá Panamá se atreva a dar pasos significativos en la lucha contra el patriarcado estructural. Es un problema planetario, pero eso tampoco nos puede servir de disculpa para cruzar los brazos.

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