EL MALCONTENTO

Panamá, más (de lo mismo) o el ´programicidio´: Paco Gómez Nadal

Los programas políticos de los candidatos presidenciales son una de las mejores lecturas infantiles disponibles en el mercado. Y son gratis. Te los regalan en las esquinas, aunque no los quieras y algunos medios de comunicación se encargan de reproducir la lista de peticiones al niño dios sin matices ni balances.

Me encanta saber que el candidato del partido del régimen, un tal José Domingo Arias, ha emulado a su mentor para presentar un programa tan divertido como fútil. Arias, que tiene tanta vocación (y preparación) presidencial como yo cardenalicia, tiene algunas perlas destacables si uno quiere echarse a reír y cerrar los ojos ante el abismo.

La principal es la promesa de seguridad jurídica y fortalecimiento del Estado y la institucionalidad. Vamos, que es como si un ladrón de bancos se encargara del plan de seguridad de los depósitos. Arias es miembro de un partido supuestamente democrático que ha bombardeado la institucionalidad del país desde el primer minuto del mandato de su dueño y señor. La Asamblea Nacional, presidida por un personaje de ficción que habita en la realidad, ha sido convertida en un corral de tránsfugas bien alimentados. El Órgano Judicial, no sobrado de crédito de confianza, es ahora una miserable caricatura que solo podría superar José Candelario Trespatines. Si la Tremenda Corte se instalara en Panamá el actual presidente sería procesado por “gobernicidio”, pero es que este pobre Arias ya es culpable de “programicidio” agravado.

Arias presenta este autodenominado programa de gobierno arropado por todos los manzanillos del poder, muchos de ellos con el apellido Martinelli en su cédula o con mucho que agradecer al presidente. Sus propuestas son tan genéricas como habituales en nuestros gobernantes y, además de sumar un par de puentes sobre el Canal (uno no quiere ser Presidente de Panamá si no levanta uno de estos puentes), se queda enganchado al reparto de becas y cheques varios para seguir con la política clientelar.

Los programas políticos solo saben concretar becas y obras, pero nada de lo sustancial. Cuando hablan de la institucionalidad o del Estado todo son fórmulas genéricas que desconocen los esfuerzos de la sociedad civil y la realidad del país.

No hay ni una línea, por ejemplo, dedicada a la seguridad. Debe considerar Arias que es un tema resuelto en un país de policías pistoleros, narcos en cocteles oficiales y mulas más o menos elegantes. Ha evitado prometer el famoso Plan de Seguridad Integral que, como el puente sobre el Canal, es un clásico de esta literatura fantástica que suele brillar por su ausencia en la práctica de gobierno.

Tampoco habla de corrupción, porque ese es un negociado que Cambio Democrático tiene absolutamente controlado. Es decir, son ellos los que se han hecho con el monopolio de este negociado y no hay que tocarlo.

En lo poco que sabemos de su propuesta enteléquica tampoco parece tener un peso significativo lo ambiental ni la protección de los territorios indígenas. Ni una línea aterrizada que luego obligue a cumplir la palabra empeñada.

El “programicidio” de Arias no es una novedad. Esta práctica habitual de los candidatos todavía no ha sido concretada por Juan Carlos Navarro, el hombre sin destino, ni por Varela, el hombre sin memoria. Pero serán del estilo: promesas vacuas destinadas a una campaña de desgaste sin ninguna intención de cambio real.

En Panamá se está consumando lo que ya ocurre en una buena parte del planeta. Los políticos llegan a la Presidencia con un programa que no piensan cumplir y van a cursos de comunicación para camuflar la farsa. Obama, Santos, Hollande o Rousseff son ejemplos de esta práctica que provoca una brecha entre política y realidad tan grande que provoca reacciones violentas y frustraciones colectivas.

Los grandes problemas del país serán aplazados y tapados con grandes obras y peleas públicas sin sentido y algún día, más pronto que tarde, la olla a presión social reventará sin contención. Los espejitos despistan solo durante un tiempo, pero la exclusión, la humillación y el desprecio constante van provocando heridas sociales que no se restañan con estrategias de marketing.

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