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REALIDAD SOCIAL

´Panorama desde el puente´: Enrique Jaramillo Levi

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Tomo prestado el título de una célebre obra teatral del dramaturgo estadounidense Arthur Miller (1915-2005), estrenada en Broadway en 1955, para ensayar una mirada amplia, una suerte de “panorama desde el puente” de la realidad social que, de diferentes formas, nos aqueja en la actualidad.

Por un lado, el consumismo, exacerbado por la publicidad engañosa de un capitalismo cada vez más salvaje y desdeñoso de la condición humana, se está tomando el planeta en nuestras propias narices. Por otro, un auténtico asalto a la vida son los fanatismos religiosos e ideológicos de cualquier signo, que disfrazados de tradición, espiritualidad, mesianismo o justicia social, sumidos en absurdos dogmas recalcitrantes amenazan la paz mundial o la de un Estado nacional al tratar de imponerse mediante sutiles lavados de cerebro, represión estatal de diversa naturaleza, o valiéndose arteramente de crueles afrentas terroristas.

En otro orden de ideas, pero permeando nocivamente también la buena marcha de incontables países, por lo menos en Occidente, la demagogia, las diversas formas de corrupción, el hedonismo salido de madre, y la impunidad eternizada en la forma de ser y operar que caracterizan a un carcomido modus vivendi, dan la impresión de que no hubiera manera de romper el círculo vicioso de estancamiento social y político que corroe a la sociedad.

La pasividad con que la sociedad, en múltiples sitios del mundo, se deja infiltrar o avasallar, es sin duda alguna espeso caldo de cultivo en que, agresivamente o como quien no quiere la cosa, se cuecen todos estos fenómenos. Lo cual nos remite al ser humano y a sus organizaciones. A los comportamientos y valores. A la conveniencia apátrida de mirar para otro lado, mientras ponemos oídos sordos a la explotación, el despilfarro y la injusticia.

Y, a su vez, a la forma en que las ovejas negras y las manzanas podridas, mancomunadas por una misma sed de lucro o de poder, y protegidas por sistemas judiciales colapsados por leyes inoperantes y por funcionarios y empresarios enfermos de ambición, contaminan los tejidos blandos de la sociedad, y perniciosamente corroen sus sistemas inmunológicos hasta dejarla literalmente postrada y sin defensas. Así está el mundo. Así está Panamá. Así, lamentablemente, estamos.

Aunque el arte en general, y la buena literatura en particular, siempre han retratado, auscultado, interpretado o criticado los grandes males de la sociedad, así como los avatares íntimos y las ingentes contradicciones de la experiencia humana, su poder de acción, y no se diga el de sanación, resultan extremadamente limitados en la práctica. Esto es así porque los artistas, al igual que los filósofos en otra esfera intelectual, no están llamados a dar soluciones sino a señalar lacras y a formular cuestionamientos a través de la reflexión inteligente y la escritura creativa.

Toca más bien a los estadistas –casi siempre conformados por una estirpe mañosa de políticos profesionales y empíricos que solo piensan en sí mismos– diseñar y ejecutar planes de contingencia, seguidos de acercamientos viables a soluciones más definitivas. Pero ya se sabe que sus promesas de campaña, unas menos creíbles que otras, siempre suenan redentoras y que, una y otra vez, seducidos por la demagogia y llevados por la esperanza, los ciudadanos de a pie caemos en la trampa. Porque resulta que tarde o temprano son ellos, precisamente, los que ungidos de poder, contaminados por el cáncer de la ambición y la soberbia, y protegidos por una añeja red de endogámica impunidad, solo empeoran las cosas en beneficio propio.

¿Qué hacer entonces ante tal estado de cosas? Lo que siempre han sabido hacer los hombres dignos cuando, haciendo a un lado interesas partidistas y personales, de confrontar a un sistema venido a menos en perjuicio de las mayorías se trata: unificar criterios, sumar fuerzas, planificar estrategias, ejercer presión razonada actuando colectivamente con decisión y valentía. Eso que ha dado en llamarse “sociedad civil” parece ser, de forma organizada, la única manera de encarar algunos de los males aludidos. Como es sabido, en Panamá existen precedentes en este sentido. Pienso, por ejemplo, en tiempos de la dictadura militar, en la esforzada fructífera labor de la Cruzada Civilista.

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