‘FESTIVAL DEL ALMOJÁBANO CON QUESO’

Paradojas de mi patria...: Daniel R. Pichel

No sé cómo Panamá se las arregla para que, siendo un país tan chiquito, ocurran tantas cosas raras. No sé cómo asimilar que mientras se reclama una cosa por un lado, por otra se defiende lo que representa lo contrario. En fin, tal vez por eso somos tan especiales.

Todos los panameños nos quejamos del desorden que son los taxis. Entre que cobran lo que les da la gana, que “no van” a donde los usuarios quieren ir, y que para ganar más insisten en subir pasajeros todo a lo largo del recorrido, el transporte selectivo se ha tornado en una pesadilla casi insoportable.

Por suerte, y gracias a los avances tecnológicos, ha aparecido en el horizonte el servicio de Uber, que ofrece una alternativa al absoluto desmadre propiciado y perpetuado por los dueños de taxis, los conductores, los dirigentes del transporte (léase: maleantes con influencia política que manipulan cupos y permisos) y los nunca bien ponderados “piratas” (que hasta gremio tienen). Pues para confrontar esta inaguantable situación, el gobierno ha tenido la buena idea (ojo, no es sarcasmo) de implementar -por enésima vez- los taxímetros. Artilugios estos que existen en los países civilizados desde que yo tengo memoria, a mediados del siglo pasado. A raíz de ese anuncio, los medios se dieron a la tarea de entrevistar a los usuarios y a los taxistas para conocer sus opiniones. Las respuestas son sorprendentes. Tanto taxistas como usuarios consideran que “eso no se puede implementar en Panamá”. La razón: “mucho tranque”. Los conductores piensan que perderán clientes y lo usuarios que tendrán que pagar más, producto de los retrasos que padecemos quienes manejamos en la ciudad.

Lo interesante es que grandes ciudades como Bruselas, Los Ángeles, París, Londres, México, Nueva York y San Francisco, consideradas entre las más congestionadas del mundo, todas tienen taxis que funcionan con el detestado aparatito.

Que haya congestionamientos no significa que se pague más, sino que se pagará lo justo, proporcional a la distancia recorrida y al tiempo ocupado para la carrera, que es la manera como funcionan los algoritmos en que se basan los taxímetros. De esta forma, los taxistas garantizarían su ingreso y los usuarios dejarían de sentirse estafados.

Pero, como hay que oponerse a todo (aunque no sepamos cómo funciona), los panameños consideramos que el taxímetro no funcionará aquí.

Otra de nuestras inusitadas realidades es cómo nuestras autoridades legislativas tienen organizada la materia gris (aunque quién sabe si en ellos sea “fiucha”). Esta semana se sacaron de la chistera la aprobación por insistencia (léase: de sus dos…) de la nefasta ley blindaje. Aparentemente, consideran que la manera de “resguardar la justicia” es protegiéndose con un mamotreto legal que obliga a quien los acuse a ellos, a magistrados o al presidente, a presentar en un brevísimo lapso una “prueba irrefutable del hecho punible”. Así que ya saben, si alguno de estos especímenes les pidiera una coima a cambio de alguna aprobación, deben tener cuidado en seguir todos los pasos correspondientes. Primero, solicitarles por escrito autorización para tomar un video en el momento que reciben el pago, que deberá ir acompañado del correspondiente recibo fiscal.

Una vez terminado, deberán mostrarle el video para ver si el ángulo es el apropiado y que no genere una impresión negativa, que pueda afectarlos en su prístina imagen pública. Aprobado el video, se presenta la denuncia en la sala correspondiente de la Corte Suprema o la comisión de la Asamblea, donde se decidirá si existen o no méritos para iniciar un proceso contra el honorable correspondiente. Seguirán apelaciones, recursos y casaciones mientras transcurre el tiempo necesario para que prescriba la acción legal.

La verdad, no sé como alguien se atreve a decir que en Panamá no somos los más democráticos.

Y para terminar… la cerecita del pastel. El 12 de octubre, tres de nuestros preclaros padres (bueno, una madre y dos padres) de la patria, han propuesto ante la comisión de Cultura (si, Cultura) de la Asamblea, la creación ¡por ley! del Festival del Almojábano con Queso. Sí, leyeron bien… tendremos una ley que regula el patronato del Festival del Almojábano con Queso (que quede claro que no es cualquier almojábano, tiene que ser con queso).

Comprenderán que, ante semejante mamarrachada, es poco lo que queda por discutir. Estuve buscando en internet y no encontré que fiestas populares mundialmente reconocidas, como los Sanfermines de Pamplona o el Carnaval de Río, tengan una ley de aplicación nacional. Que los lugares tengan sus tradiciones no es malo.

De hecho, estimula el turismo. Pero de allí a usar el tiempo que le pagamos a esa gente con nuestros impuestos para discutir tonterías como el Festival del Toro Guapo o el del Almojábano con Queso ya es demasiado… Supongo que pronto los chorreranos exigirán una ley para el “Festival del Bollo Preñao y el Chicheme”, y en Colón el del “Bon y el Saus”. En fin, todos tienen el mismo derecho. Aunque entiendo que sea mucho pedir, déjense de tonterías y sean serios…

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