EL MALCONTENTO

Pecar, confesar, empatar: Paco Gómez Nadal

Pecar, confesar, empatar: Paco Gómez Nadal Pecar, confesar, empatar: Paco Gómez Nadal
Pecar, confesar, empatar: Paco Gómez Nadal

La verdad es que esto de la religión es un chollo. Especialmente las que tienen como base el cristianismo que todo lo perdona. Y digo todo. El que peca y se confiesa, empata y ese milagro, mucho más alucinante que el de Lanciano, permite que uno mate a su hermano y se tome un daiquiri después de soltar la culpa o que gobernemos un país cual finca llena de animales y 26 años después podamos poner las normas hasta en el momento de pedir perdón.

Pero nuestros países, aunque a veces no lo parezca, son estados de derecho. El perdón, acto humano necesario y sanador, solo tiene sentido como gesto moral que, además, no se activa hasta que el ofendido no acepta esa petición de perdón.

Moralmente, el hecho de pedir perdón es solo el primer paso de un complejo entramado de reacciones profundamente humanas. Legalmente, políticamente, el perdón es solo un gesto simbólico que debería abrir la puerta a un proceso serio de verdad, a la traducción de esa verdad en hechos de justicia (más o menos transicionales, más o menos livianos) y, ante todo, a generar el marco político que garantice la no repetición de los hechos por los que se pide perdón.

Es decir, que la lectura renqueante de Manuel Antonio Noriega es un brindis al sol con Álvaro Alvarado (tan emocionado él de figurante del general) que solo busca beneficios personales que se conjugan en un ajuste de cuentas con ese Dios al que ahora se encomienda o en una casa por cárcel que le permita tomarse el daiquiri de los que empatan en algún bonito apartamento de Costa del Este.

Pide perdón quien se siente culpable. Rinde cuentas quien se siente responsable (jurídica, política y socialmente). Noriega no parece encuadrarse en la segunda categoría. Pero no es el único. Panamá tiene una deuda colectiva de verdad con su propia historia. No es el único país que cierra los ojos ante las fosas comunes o ante las vergüenzas nacionales. No es el único lugar del planeta que reescribe la historia ignominiosa para poder respirar sin que cada soplo oprima el pecho de la nación.

Sin embargo, la historia nos enseña que los fantasmas tienen la manía de reaparecer cuando menos se les espera si no han sido conjurados en procesos plurales, abiertos y democráticos. Panamá se sintió ya convulsionada con la película Invasión, de Abner Benaim, porque, gustase más o menos, tenía la osadía de tratar el tabú nacional. Los mitos alrededor de Torrijos, del propio Noriega, de la invasión y de la extraña y castrense transición a la democracia formal, está plagada de agujeros negros de información y se construye sobre la más absoluta impunidad. Impunidad no solo para aquellos que violaron o hicieron violar los derechos humanos, sino para los que se beneficiaron de que esto ocurriera. Peor aún: los que necesitaban un estado de cosas dictatorial para poder llenar sus bolsillos o jugar en el tablero de la geopolítica latinoamericana a su antojo.

Algunas de las grandes fortunas de Panamá se alimentaron del caos y de la arbitrariedad (se puede preguntar, por ejemplo, a Ricardo Martinelli), algunos de los cómplices del mal siguen muy activos en la vida política, social y cultural del país… Es fácil focalizar toda la rabia histórica en un solo personaje (Noriega), pero se trataría de un ejercicio estéril y falseador. Todos los pueblos lo hacemos. Parece mejor pensar que la culpa de todo lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial fue de un tipo bajito llamado Hitler, que la culpa de la dictadura en España fue de otro bajito llamado Franco, que Chile tuvo lo suyo por la única culpa de Pinochet… El mal y la injusticia tiene sus liderazgos (al igual que el bien), pero siempre se trata de una obra colectiva. La petición de perdón de Noriega ya es historia porque no aporta nada a cerrar unas heridas que habría que reabrir antes de que cicatrizaran para siempre.

Cierto es que pensar en un proceso serio de verdad, justicia y reparación parece imposible en Panamá, donde se conceden contratos millonarios a la empresa más cuestionada de Latinoamérica justo dos semanas después de que su dueño sea detenido, donde tenemos un presidente fugado y una justicia que no se decide a ser justa, donde seguimos sin saber quiénes son los responsables materiales e intelectuales de las violaciones masivas a los derechos humanos en el quinquenio del gobierno Martinelli, o donde el paraíso fiscal que “nos” enriquece es negado tantas veces como la connivencia con el silencio histórico. Noriega… vuelva a llamar a Álvaro para retractarse, no merece la pena que agite las sosegadas aguas del paraíso (de los negocios).

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