POLÍTICA Y ELECCIONES

Peligrosa ´cartelización´ electoral: Roberto Brenes P.

A muchos nos ha dolido que la “superestrella”, Alberto Alemán Z. renunciara a postularse como candidato independiente. Duele que hayamos perdido un contrincante apto y preparado. Alberto es una víctima más de un sistema cerrado, oligopólico y sesgado, que –de no ponernos las pilas–, llevará sin remedio a nuestra frágil democracia a la situación que vive Venezuela.

Cuando Álvaro Uribe, a fines de la década de 1990, expresó su interés en ser candidato presidencial en Colombia, sus perspectivas eran casi risibles ante la maquinaria política de los partidos tradicionales. Sin embargo, Uribe tenía a su favor un sistema abierto y progresista, que con solo 60 mil firmas de respaldo en un país de 40 millones de habitantes, le permitió convertirse en contrincante a la presidencia y de allí, lograr el apoyo de otros partidos. Si Colombia hubiese tenido las reglas de Panamá, proporciones guardadas, a Uribe le hubiera tocado recoger entre 950 mil y un millón de firmas para postularse; 15 veces más de lo que necesitó. No hubiera llegado a ser ni candidato y la historia reciente de ese país sería distinta. Uribe cambió a Colombia. Rectifico, la posibilidad de cambio electoral cambió a Colombia.

Acá ha habido amagos de reforma electoral, dizque empoderando a candidatos independientes. Estas como lo atestiguan candidatos como Alemán Z., son una burla y un señuelo para evadir reformas electorales en las que cuenten. Los partidos políticos son las vacas sagradas del sistema. Aquí no solo hay elevadas cuotas sino, además por una norma inexplicable y caprichosa, solo se admiten partidos nacionales. Así que para ser el alcalde de Guararé no se puede formar un partido municipal o local, como ocurría en Panamá antes de la dictadura.

Además, la inscripción de adherentes es una verdadera pesadilla con libros “fijos”, trabas y trámites. Y, si al final logras inscribir un partido, los requisitos de representación en mesas electorales y el día de la votación son imposibles para los pequeños. Formar y sostener un partido es una aventura costosa y riesgosa.

Pero hay aún más, los propios partidos políticos son maquinarias bien aceitaditas y concertadas para mantener la rosca. Cada cinco años, después del ejercicio electoral correspondiente, examinan dónde el ejercicio electoral pasado permitió grietas y escapes, y se encargan de legislar para cerrar esas grietas. Así, por ejemplo, en 1999, luego de que Alberto Vallarino C. perdió la postulación primaria en el arnulfismo, y procedió a postularse por otros partidos, a la vuelta de las elecciones, la Asamblea Nacional detectando esa frivolidad de Vallarino, reformó el Código Electoral para impedir que quien pierda en las primarias en un partido pueda postularse por otros.

Los sistemas cerrados son más de lo mismo; eligen a los de siempre hasta que la gente descubre que su voto no tiene ningún significado, porque no influencia nada y acaban por perderle el respeto a los caudillos políticos que envejecen en sus posiciones decimonónicas y corruptas. Por eso, las democracias han pagado muy caro. En Venezuela, donde insistieron en mantener un “cogollismo” político, acaban padeciendo de un sistema totalitario, que no es sino el resultado natural de la exclusión electoral. También, la exclusión electoral en Colombia fue la partera de la guerrilla. Cualquiera que conozca la historia del Frente Nacional, con dos grandes partidos que monopolizaron el poder durante 20 años, sin darle salida a otras legítimas aspiraciones electorales, sabe de lo que hablo.

A menudo se defienden los sistemas electorales restrictivos, diciendo que el ideal electoral es el bipartidismo. Si el bipartidismo es producto de una decantación natural, bienvenido. Pero no es bienvenido un bipartidismo o pluripartidismo legislado y forzado, como pasa acá. Tampoco es cierto que la multiplicidad de partidos dificulte el ejercicio democrático. Ernesto De la Guardia gobernó con 19 partidos y pocos gobiernos han sido tan buenos y eficaces. Y, por último, para decir que las bajas barreras son una invitación al “electorerismo”, habría que demostrar que nuestros grandes partidos no son hoy, los campeones del “electorerismo” y el transfugismo.

A la pregunta de ¿por qué sostenemos un sistema cuya fortaleza está en cambiar, o a sostener un sistema adverso al cambio y que nos condena a largo plazo? La respuesta es, porque pensamos que no podemos cambiarlo; que es imposible que la Asamblea Nacional le acepte al Tribunal una reducción drástica de cuotas y flexibilización de requisitos. ¿Acaso va Chello a aceptar su sentencia de muerte abriendo el sistema?, me dice un amigo.

Pero no tenemos otra salida: o enfrentar los partidos y exigimos cambios en el sistema electoral, o el sistema seguirá muriendo lentamente, con más desencanto, más votos en blanco y más salidas para-electorales hacia la fuerza y la violencia. Si no lo hacemos, ahora, seguiremos teniendo un país de ciudadanos de primera gobernados por políticos de tercera. Hasta que el sistema nos arrastre a todos a ser ciudadanos de cuarta.

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