EL MALCONTENTO

Pequeño catálogo de violencias: Paco Gómez Nadal

El ser humano aguanta un tipo de violencia, quizá dos, pero no todos atacando de forma cruzada, directa y/o indirectamente. Estos días cuando 10 balas acaban con Cabral y las sobrantes acaban con el Turco Chiari muchas de las preguntas se enfocan en el porqué de la violencia, en singular; en lugar de diseccionar la proliferación de tantos tipos de violencia camuflados bajo otros nombres. Algunas de estas violencias se pueden extraer solo de mirar a la realidad del país y del planeta.

Violencia de no existir. La mayoría de la población de Panamá. No existe. Es cierto que algunos hasta tienen cédula y registro de nacimiento, pero hay una angustia vital en esto de no existir. Y no existir es no importar. Esta violencia pone la vida en entredicho y, como Agamben ha señalado, convierte a las víctimas en homo sacer, personas cuya muerte o desaparición, incluso a manos homicidas, no tiene consecuencias legales (solo reales en su pequeño entorno de afinidades). A la impunidad reinante en el aparato judicial, el regateo por parte del Estado de los derechos fundamentales, el maltrato por parte del sistema educativo o de salud... todo ello obliga a las víctimas de esta violencia a vivir en un paréntesis sin futuro, en un presente que abomina de su propio pasado.

Violencia económica. Seguro que alguien considera este argumento demagógico, pero no lo es. Se los aseguro. La economía [capitalista, la única dominante] daña la vida, hiere, hace sangrar... El incremento en el precio del pan o la canasta básica, en general, atenta contra sus víctimas con la brutal violencia que aplasta expectativas. La mayoría de los ciudadanos vive contando el centavo, incluso hasta en el momento de la muerte. He conocido a decenas de panameños que tienen que mendigar para enterrar a sus muertos; que tienen que trabajar en un régimen de “servidumbre” similar al de los indentured servant de la primera colonización de lo que hoy conocemos como Estados Unidos: teóricamente eran sujetos de derecho pero en la práctica tienen una relación de esclavitud condicionada (por el tiempo, el cambio de dueño o el azar) con sus patronos; escuchar como ciudadano al Presidente de la República hablar de millones y millones, de riqueza, del Dubai de América es violencia, la violencia de la exclusión, de ser un invitado de piedra al festín que solo puede verlo con la nariz pegada a la vidriera.

Violencia del poder. La arrogancia del poder en Panamá es monumental. Lo es desde hace mucho (quizá desde siempre). El poder económico es arrogante, el poder político es arrogante y, hoy en día, que los dos se han fusionado en el Gobierno, estos poderes ejercen violencia. ¿Cómo? Pues con la arbitrariedad de sus decisiones que pone en cuarentena la legislación que ene teoría nos iguala; con las prebendas y los castigos aplicados desde el poder real de Martinelli y sus ministros que hace del éxito o del fracaso un juego que solo depende de sus caprichos. El poder tiene además, en teoría, el monopolio de la violencia “legal”: policía y entidades coercitivas (corregidurías, tránsito...), etcétera que replican ese modelo arbitrario y arrogante y que convierten a los ciudadanos más pobres en víctimas de su soberbia. Solo otro poder económico o político más grande atemoriza a los que ejercen la violencia del poder y a sus esbirros (policías, inspectores, pobres gentes que tienen que ejercer la violencia para poder comer).

Violencia de lenguaje (la ideología de la exclusión): sociedades como la panameña –y buena parte del mundo– enfrentan los anteriores tipos de violencia que afectan, principalmente, al grueso de la población que está fuera del juego. A los semi incluidos (profesionales liberales, periodistas, académicos, etcétera) se les aplica la exclusión ideológica a través de la violencia que ejercen el aparato de comunicación estatal y empresarial (que genera y modula los mensajes) y los medios afines (por convicción o por interés). El lenguaje es, así, una forma de violencia que estigmatiza, señala, excluye o difama a cualquiera que denuncie las formas de la violencia dominante, a cualquiera que cuestione el modelo.

Son más las formas de violencia y es aún más complejo describir sus intersecciones y sus consecuencias. La ecuación es compleja y este artículo solo quiere combatir la simplificación mediática o los mensajes populistas desde el poder. “En el fondo”, como escribiera Cioran, “solo vivimos porque no hay ningún argumento para vivir” Pero nos toca, al menos argumentar contra la muerte, “demasiado exacta; tiene todas las razones de su parte”.

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