NAVIDAD

Peregrinos del consumismo: Alberto Valdés Tola

El consumismo, entendido como la desmesurada compra de mercancías y servicios, no es un fenómeno reciente ni característico de nuestra identidad como panameños (como desentendidos sugieren con regularidad); en cambio, es un hecho global característico de nuestras pujantes sociedades consumistas del siglo XXI.

En Panamá, cada año miles de millares de personas se lanzan a los establecimientos comerciales –tiendas por departamento, boutiques de marcas famosas y pequeños puestos de ventas de chucherías– en busca de comprar regalos para, en términos imaginarios, conmemorar las navidades. Lo que refleja, sin dudas, la posible temporalidad del auge comercial por el consumismo, que se encuentra determinado, en parte, por los eventos festivos socioculturales como la Navidad.

Ahora bien, estos peregrinos del consumismo, ya que lamentablemente sienten un fervor casi espiritual por las cosas no sagradas, además de que peregrinan (andan o marchan) indistintamente cada año para visitar los templos del consumo, como lo son los bien abastecidos centros comerciales y los muy populares malls, en vez de asistir a la iglesia, eventos conmemorativos alusivos a la natividad o, por lo menos, sentir una efervescencia mágico-religiosa por la fecha.

Esta apreciación, aunque pudiera ser tildada de puritanismo místico-religioso, no lo es, porque si hacemos una reflexión profunda en cuanto al origen de la festividad, no tardaremos en percibir su esencia sacro-conmemorativa. De esta manera, la Navidad debe ser una oportunidad para recordar el nacimiento del salvador del mundo (según el dogma cristiano), no una oportunidad para desbocar los sentidos y la razón hacia los objetos materiales en busca de saciar el apetito consumista que mantenemos celosamente guardado, por medio de cuentas navideñas u otra forma de ahorro.

Así, la Navidad se desmitifica y transforma en una orgía mercantil de compras y ventas desmesuradas de mercancías (necesarias o no para la vida), en la que omitimos lo espiritual del evento y lo paganizamos por medio de regalos. Una suerte de anhelo incontrolable que embarga la existencia del ser humano, ya sea de estratos altos, medios y bajos o de una multiplicidad de identidades étnicas y religiosas, a veces alejadas de las entrañables enseñanzas del maestro.

Ahora bien, tampoco es legítimo afirmar que en estas fechas no es lícito dar regalos a nuestros seres queridos; argumentar lo contrario sería una falacia imperdonable, porque aunque la festividad no busca en esencia la promoción del consumismo conspicuo y ostentoso, sí debe ser una oportunidad para exaltar el espíritu solidario de todos, mediante la entrega de regalos a niños y familias de bajos recursos, para visitar a los ancianos olvidados en los asilos, para promover la ayuda desinteresada a quien lo necesite, entre otros ejemplos de bondad humana y cristiana.

Esto debe generar, además de mucha dicha navideña a marginados y excluidos, una conciencia colectiva ciudadana basada en el amor al prójimo.

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