TRATADOS DEL CANAL

Perpetuidad incondicionada y absoluta: Pedro Sitton

El pasado 7 de septiembre se conmemoró un aniversario más de los tratados Torrijos–Carter. Sin embargo, solo se ensalzó el que se refería al funcionamiento de la vía interoceánica y se omitió mencionar por completo ese “otro” tratado firmado en aquella fecha y que nos colocó “bajo el paraguas del pentágono”, según uno de sus firmantes.

Ese pacto, que pudiésemos denominar como el lado oscuro de la luna de los tratados, que pocos quieren recordar y casi nadie menciona, es el concerniente a la neutralidad del Canal, que tiene una cláusula de perpetuidad y toca las fibras sensibles del nacionalismo panameño, con el agravante de la nefasta enmienda intervencionista De Concini y demás reservas y entendimientos unilaterales del Senado estadounidense.

Ese aspecto intervencionista a perpetuidad del tratado de neutralidad del Canal de Panamá, y de cualquier otra vía acuática a futuro a favor de Estados Unidos, se vio fielmente reflejado cuando el propio expresidente Jimmy Carter –el otro firmante– en el discurso en ocasión del acto de transferencia simbólica de la vía, el 14 de diciembre de 1999–, manifestaba: “El tratado de neutralidad da el derecho y la obligación a Estados Unidos de proteger la vía acuática de agresiones externas”.

Esto dicho por el expresidente estadounidense reafirma las palabras de nuestro excanciller Julio Linares, cuando en 1983 manifestaba que se imponía contar con una diplomacia orientada y enfocada a terminar con el tratado de neutralidad negociado en 1977, evitar mayores adhesiones al mismo y abocarse a suscribir uno nuevo que permitiese un real régimen de neutralidad permanente, que no fuera fuente de vulneración de la soberanía e integridad territorial ni condicionara el funcionamiento del Canal de Panamá a los intereses de seguridad de ningún Estado extranjero.

Lo dicho por tan insigne jurista panameño con respecto a ese tratado, debe señalarse para los de Montería y San José que le dieron posición de privilegio a Colombia y Costa Rica en el derecho de libre tránsito y peajes a tropas, naves y materiales de guerra, y que impiden un trato de entera igualdad a los buques de todas las naciones que transitan por el Canal.

Es hora de dejar de celebrar lo conseguido, de que comencemos el debate sano y democrático y de empezar a poner la diplomacia a los mejores intereses nacionales, pues como acertadamente dijera el doctor César Quintero: “Este lamentable tratado de neutralidad convirtió la perpetuidad condicional y relativa estipulada en el tratado Hay-Bunau Varilla, en una perpetuidad incondicionada y absoluta”.

Y de lo anterior estoy convencido, porque en 1977 el senador Charles Percy preveía la posibilidad de que Panamá denunciara un tratado leonino que, desde su óptica, era manifiestamente nocivo para los intereses panameños.

Si ese político estadounidense expresó esa obviedad, ya es hora de que nosotros, los panameños, también nos pongamos gafas y dejemos la miopía histórica que arrastramos al no actuar de manera oportuna.

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