SOCIEDAD

Política del buen vecino: J. Enrique Cáceres-Arrieta

Hay personas que viven peleadas con el mundo. Pelean con sus papás, con sus hermanos, sus tíos, primos, abuelos. Con su mujer, sus hijos, con el perro, con ellos mismos. Con Dios. También con sus vecinos. Su vida es un perenne cuadrilátero. Un conflicto de pies a cabeza. Su rostro de escopeta recortada es diario. Parecen un retrato sin risa. Nunca hay una sonrisa y una buena palabra. No saben que bendecir simple y llanamente es manifestar o desear bienes al prójimo. Que revierten a nosotros. Si hacen gestos o hablan, salen morisquetas y gruñidos. Piensan que saludar o responder saludo es sinónimo de debilidad o de seres inferiores. No se percatan de que es lo opuesto. No saludar ni responder saludo habla de pésima educación en casa.

Su actitud tiene explicación psicológica que en otro artículo analizaremos. Baste señalar que su niño interior está aplanado sentimental y emocionalmente. No sabe cómo expresar sentimientos y emociones. Fueron prohibidos en casa. No insinúo que no son responsables de su mala actitud. No somos culpables por lo que nos pasó en la niñez, pero somos responsables de recuperar lo que la psicóloga Alice Miller llama yoicidad, o identidad psicoemocional.

Esos sujetos ignoran el proverbio que dice que “mejor es el vecino cerca que el hermano lejos”. Los topas en el ascensor, en los estacionamientos del edificio, en la calle, y no saludan. Tampoco responden saludo. Viven en una burbuja narcisista. Mejor dicho, psicótica porque los narcisistas tienen contacto con la realidad, no así los psicóticos. Solo ellos existen. Solo lo suyo importa. No saludan como si jamás en la vida te hubiesen visto. Sin embargo, si necesitan ayuda, la buscarán con cara de ángel y falsa humildad. No debes darles la espalda.

Entre vecinos mal educados e interesados, están los que dedican serenata al edificio o vecindad, porque no saben escuchar música en moderado volumen sino como si estuvieran sordos. Otros tal vez no oigan música, pero hablan como si ellos y con quienes platican sufrieran sordera. Dicen los expertos que los sordos se expresan en tonos altos porque no se oyen a sí mismos. Cierto. Quien escucha música con audífonos habla alto.

Los panameños tenemos fama de gritones. De conversar alto. De ser bullangueros. Se nos identifica donde vamos porque casi siempre gritamos al comunicarnos verbalmente. O por escuchar la música a todo volumen. ¿Quién no ha visto a un “sordo” en un automóvil con la música que rompe los tímpanos y retumba en el pecho? ¿Quién no tiene un vecino que los fines de semana oye música para el edificio o el barrio? ¿Quién no ha observado gentes que viven con audífonos en los oídos y con la música alta? ¿Quién no ha oído a gente que grita al teléfono móvil? Hay excepciones. Pero el grueso de los capitalinos es bullero. Gritón. De los residentes del interior nada sé. Supongo que allá también hay escandalosos. De igual manera conozco a interioranos que residen entre nosotros y se les ha pegado el mal hábito de hablar alto y de escuchar música a todo timbal.

Pues bien, hay seres mal educados cuya política no es la del buen vecino sino la del vecino más escandaloso y mal educado. El que escucha música no para sí sino para el edificio o la barriada sin importar la hora ni el día. Si se te ocurre pedirle que la baje, es raro que lo haga aunque lo solicites de buena manera. Solo ve su derecho, que pasa por encima del tuyo y de los demás. Todo con el fin de hacer alboroto. Y, si hay jolgorio, no falta el licor. El panameño promedio busca la mínima excusa para rendir culto a Baco.

Hay vecinos míos que los sábados suelen hacer reuniones. Son como tres, cuatro o cinco. Mas el escándalo que producen es propio de una multitud. Charlan y ríen tan ruidosa y estridentemente que dan la impresión de que están en mi apartamento o en el apartamento contiguo.

Varias veces he llamado a la policía y siempre prometen que tomarán cartas en el asunto. Como no les creo, llamo en repetidas ocasiones y me duermo. No sé, por consiguiente, si han cumplido su deber estipulado en la ley. Aparentemente no llega la policía, puesto que los vecinos siguen haciendo escándalos los siguientes fines de semana. (Pobre gente que tiene de “vecinos” bares y discotecas. ¿Y las autoridades? Bien, gracias). Lo grave estriba en que esos vecinos amanecen hablando nimiedades y riendo en alta voz. Duermen durante el día. Al comentar el caso a una vecina, me señaló que cuando estén durmiendo sería bueno ponerles música alta y conversar a gritos a ver si les gusta.

Como principio de acción recíproca, no como venganza, el Señor Jesucristo retrotrae –en forma positiva– la regla de oro que antes se aseveraba negativamente: “Todo cuanto quieras que otros te hagan a ti, así también hazlo tú a ellos”. @earrieta

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