EL MALCONTENTO

Politizar la política: Paco Gómez Nadal

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¿Quién demonios puede tirar la primera piedra entre la casta política de Panamá? Está difícil elegir a alguien entre el florido ramillete de miembros de los partidos tradicionales que se reparten, de forma alternativa, los puestos en el poder.

Resulta casi ridículo (¿He escrito “casi”?) observar la indignación del expresidente Ricardo Martinelli denunciar que el actual partido de gobierno fomenta el transfuguismo. El rey de la corruptela y de la compra de curules ofendido ahora por una práctica que él perfeccionó mientras estuvo en el poder. La cosa es fácil, uno gana elecciones por la mínima y luego controla la Asamblea por la chequera. Cambio Democrático llevó al extremo esta vieja práctica y ahora le duele ver cómo sus “fieles” diputados se mueven al sol que más calienta.

Esta práctica, que ahora se repetirá con otras formas, es posible por varias razones. Una evidente es la corrupción moral de la clase política y sus manzanillos (véase al magistrado que compra apartamentos): su objetivo principal del paso por el poder es el expolio de las arcas públicas y la intervención en el país a forma de grupo criminal organizado. Pero hay otra que es más sutil: la desideologización de los partidos políticos, el ensalzamiento de los gobiernos-empresa, hace que no haya raíces ni compromisos más allá de los que determina la plata y su huella.

Los pocos políticos, por supuesto sin curul, que mantienen su dignidad a salvo son aquellos con fuertes convicciones políticas, ideológicas, y cuyos compromisos personales con las mismas les hace ser fieles a las ideas, antes que a los billetes.

No es que los políticos con ideología no roben, pero lo que sí es cierto es que los que no la tienen hacen de la corrupción un modus vivendi.

Por eso creo cualquier proceso de renovación democrática en Panamá, después de los demoledores años de Martinelli, pasa por una repolitización de la política. Martinelli y sus voceros se llenaron la boca de discursos destinados a demonizar la política y todo el que hace esto solo quiere sacar provecho de ella una vez que los mejores hombres y mujeres del país dan un paso atrás para abrir las puertas a supuestos empresarios y tecnócratas sin más motivación que su “carrera” profesional o sus cuentas corrientes.

La política es noble y los partidos políticos pueden serlo (porque lo han sido). La generalización del descrédito político solo arroja a lo público en manos del hampa de guayabera blanca o a los mesías en busca de gloria sin fiscalización.

Los vecinos colombianos ya sufrieron un proceso de degradación similar, con casi una década de uribismo despolitizador que llevó al país a una orgía de corrupción, paramilitarismo, espionajes sin control y patriotismo barato ¿les suena?

En el caso de Panamá, como en el de Colombia, hay un problema añadido. Hay tal cantidad de plata de origen lícito y, especialmente, de origen ilícito, que las tentaciones son excesivas. Solo un profundo compromiso político, un sentido de responsabilidad patriótico sincero y alejado del populismo y una robusta institucionalidad democrática pueden evitar la debacle.

Parecería de extrema urgencia que el Ejecutivo articule y consensúe una política integral de regeneración democrática con algunos elementos clave: la reconstrucción de la institucionalidad, la limpieza y regeneración sin dilación y sin diplomacia del aparato judicial, un sistema feroz de controles a los cargos electos y a los servidores públicos de responsabilidad, un sistema que instaure la fiscalización ciudadana de todos los procesos de contratación y ejecución de proyectos con recursos públicos, y la creación de una estructura de participación democrática que vaya de lo local a lo nacional de tal manera que la población se politice al mismo tiempo que la Política, con mayúsculas, se repolitiza.

Es cierto que es más fácil otorgar subsidios o hacer obras físicas. Y no propongo que se deje de hacerlo. Sin embargo, eso son parches con vocación de cartel publicitario. Panamá requiere de una reforma integral de su arquitectura institucional tanto como de una serie de medidas que logre recuperar el vínculo de confianza roto entre ciudadanía y clase política.

Si se dan pasos en esta dirección, los Martinelli y aquellos que se le parecen, se autoexcluirán de una sociedad que premia la honestidad y el compromiso y que sanciona legal y éticamente a los corruptos, a los embaucadores y a los desmemoriados. ¿Estaré soñando?

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