REFLEXIÓN

Si yo fuera Presidente: Edgardo Lasso Valdés

Siendo un cargo público tan importante, el más exigente del país, debo entender desde el primer día de labores que los dueños sean todos los nacidos aquí, además de las personas que se establecen y acogen a Panamá como su segunda patria, me distinguen como administrador y, como tal, confían en que por los méritos que observan en mi persona yo sabré dirigir el rumbo del país por senderos de la paz, la prosperidad y la sana convivencia.

Siendo así las cosas, debo tener como prioridad número uno saber escoger a mis colaboradores más cercanos, de manera que estos, a su vez, se rodeen de personas dispuestas a poner su intelecto al servicio de la Patria.

Aquí no hay lugar para repetir los errores de quienes consideran que el mandato obtenido por medio de los votos en las elecciones presidenciales es para rodearme de amigos, parientes y copartidarios, pues “soy el dueño del país y por los próximos cinco años, puedo hacer lo que me venga en ganas”.

Si soy consciente de que durante todos los días de mi administración ejecutiva tengo que rendirle cuentas diarias a los dueños, para satisfacción de todos y cada uno de ellos, entonces debo esmerarme para que tanto yo como cada uno de mis colaboradores, cumpla con honestidad y responsabilidad la labor asignada. Así me aseguro del éxito de mi ejecutoria como administrador del Estado.

No son las palabras las que dan fe de la misión cumplida, son los hechos y las acciones que se desarrollan, día a día, las que quedarán de manera permanente como testimonio formal del manejo correcto y oportuno de los bienes del Estado.

No tendría reparos ni dudas a la hora de aclarar cualquier crítica sobre mi actuar en los asuntos del Gobierno, pues considero una obligación del administrador del país no dejar la más mínima duda frente a los cuestionamientos relacionados con el manejo de la hacienda pública.

Tampoco me incomodaría que algún cargo importante lo ocupara algún allegado, pues soy de la opinión de que si un familiar o amigo mío se encarga de un puesto público, con base en su conocimiento, experiencia y honestidad, yo no actúo de forma deshonesta al nombrarlo, porque elegí a la persona apta para cada puesto. Tampoco me sentiría incómodo si se le cuestiona.

No solo es importante ser honesto, sino parecerlo. Si actuamos sin malicia alguna, entonces no debe haber el menor temor al momento de aclarar los cuestionamientos que se nos puedan hacer. Quien actúa con honestidad y buenos sentimientos, es difícil que se equivoque.

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