CARENCIA IDEOLÓGICA

Radiografía del político panameño: Eduardo Rubén Ulloa Miranda

Sin duda, una especie cuyo estudio resulta interesante es el “político panameño”, salvo honrosas excepciones de personalidades que tuvieron postulados, valores y principios bien marcados, y que los practicaban no solo en su vida personal, sino en el ámbito público. El resto, irónicamente, carece de formación e ideología, y su motivación de pertenecer a un partido responde a consideraciones ajenas a los postulados que ese colectivo proclama como principios.

Es decir, los políticos locales no se agrupan por coincidencia de ideología, forma de pensar u objetivos; ellos se unen porque comparten el interés de asaltar el poder, como un fin para obtener riquezas, influencias, prebendas y canonjías, sin importar de qué manera las adquieren.

Ellos no piensan en el bien común, sino en el bienestar particular. No creen en la solidaridad y el bienestar social, creen en la limosna, el regalo inmerecido y explotan la necesidad del pueblo para ganar su simpatía y su apoyo electoral.

Tampoco actúan en interés del pueblo que los eligió, lo hacen en interés de esos sectores que los apoyaron económicamente para llegar al poder y para garantizar que las cosas “no cambien”.

Nuestros políticos son demócratas a medio tiempo y sus conceptos varían según estén en gobierno u oposición. Así vemos que al estar en la oposición creen en la transparencia, pero en el gobierno defienden que se limite el acceso a la información; en oposición luchan contra el nepotismo, en el gobierno sus familiares tienen derecho a trabajar y son capaces para cualquier puesto; en oposición combaten el conflicto de intereses, en gobierno no hay conflicto alguno; en oposición defienden la libertad de expresión, en gobierno condenan las campañas de los medios y exigen respeto; en oposición pregonan por la consulta, en gobierno no están dispuestos a cogobernar; en oposición la sociedad civil representa a los ciudadanos, en gobierno la sociedad civil son cuatro gatos; en oposición promulgan el respeto a la Constitución y la ley, en gobierno son tecnicismos y vacíos legales; en oposición promueven los valores cívicos y morales, en gobierno el fin justifica los medios.

Como vemos, la personalidad de nuestros políticos varía de acuerdo a la posición en que se encuentren, por eso, cambian y brincan de partido con mucha facilidad. Así, esos que en el pasado tildaban a los otros de “burros, corruptos y huesos viejos”, después se abrazan y se declaran los mejores amigos, y viajan juntos por el mundo con nuestro dinero, y luego se vuelven a pelear. Es decir, los que ayer hacían oposición, luego se declaran aliados, y los que eran aliados de quienes gobernaban, hoy son oposición.

Una clase política con estas características es de fácil manejo por parte de los que ostentan el poder económico, que son los que al final del camino deciden quién será el presidente y qué políticas habrá de aplicar.

En medio de esto, el pueblo panameño mira con hastío a la política; vive el día a día entre el “juega vivo” y la necesidad; entre la fiesta y los deportes; entre noticias y bochinches; y entre el barrio y su trabajo, mientras busca el sustento para sobrevivir y la oportunidad de vivir mejor.

Debemos reconocer que nuestros políticos no vienen de Marte, son producto y reflejo de una sociedad enferma, en la que la educación y la familia están en crisis; los valores y principios dieron paso al “juega vivo”, y en la que el ocio y la diversión pueden más que el esfuerzo y el deseo de superación.

Aún estamos a tiempo de sanear nuestra sociedad, de rescatar las instituciones, de retomar los principios y valores, y de formar a ciudadanos, con conciencia y vocación; que participen en los partidos políticos y los miren como entes que aglutinan corrientes de pensamiento, y que coadyuvan en beneficio de la sociedad.

Formemos a políticos comprometidos con el país; adecentemos la apolítica y, sin duda, veremos un cambio radical en nuestra sociedad.

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