VERGÜENZAS LOCALES

´Reality show´ Panamá: Xavier Sáez-Llorens

Con la llegada de Noriega se puso en evidencia la insensatez periodística criolla. El exdictador debió regocijarse y sentirse nuevamente importante al presenciar el fabuloso despliegue de cámaras y crónicas que le dispensaron a su regreso. El tirano se percató que todavía tiene un inmenso protagonismo en el país. Resultó, además, hilarante observar a reporteros frustrados y dolidos en sus sentimientos porque no pudieron realizar fotos ni videos del reo. La protección ofrecida, a mi juicio, fue la mejor manera de demostrar que no exhibimos el mismo nivel moral que los militares y sus adeptos civiles aplicaron a los ciudadanos durante el mandato castrense. Salvedades aparte, los medios locales, particularmente los televisivos, han perdido mucha credibilidad. Chismes y calumnias han inundado el libreto de los comunicadores sociales. Lo único que les preocupa es rating y figuración, claves para recibir más ingreso económico. Usan los sufrimientos y las emociones humanas para generar morbo y manipular opinión. No obstante, en cada comentario, se jactan de identificarse con el dolor de la gente, mencionando cínicamente a su deidad en cada frase para intentar convencer de su altruismo y piedad. Curiosamente, la misma táctica es empleada por narcotraficantes y déspotas.

Noriega debe recibir cadena perpetua y en una prisión carente de lujos o privilegios. Ética elemental. La justicia no se ejecuta con base en gustos y compasiones. Ya él cumplió sentencias por narcotráfico y lavado de dinero. Le toca ahora pagar por crímenes de lesa humanidad. Según la Corte Penal Internacional, este término se aplica a conductas tipificadas como asesinato, exterminio, deportación o desplazamiento forzoso, encarcelación, tortura, violación, persecución por motivos políticos o ideológicos, desaparición, secuestro o cualquier acto inhumano que cause graves sufrimientos o atente contra la salud mental o física de quien los sufre, siempre que dichas actuaciones se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque. La definición es clara y se ajusta cabalmente a sus fechorías. Puedo entender que haya seguidores incondicionales, amigos de corrupción que no quieren ser delatados y abogados que defienden a todo tipo de escorias pero los tribunales deben ser categóricos y no sucumbir ni a presiones políticas ni a caridades navideñas. Hay numerosos nietos que tampoco pueden disfrutar de su abuelo por culpa del régimen de terror que este execrable personaje implantó aquí, en compañía de serviles secuaces. Estos deberían también acompañarlo en su última enrejada morada.

La Teletón 20-30 se ha convertido en otro reality show. Si solo fueran empresarios y políticos aportando donaciones de sus bolsillos bancarios (ojalá de mayor cuantía que las deducciones a sus impuestos), la causa sería de mi casi total agrado. Digo casi porque, en muchas ocasiones, se abusa de la discapacidad de niños y desesperación económica de sus familias, pasando por alto la intimidad a que tiene derecho todo ser humano. Lo que sí me irrita es presenciar la persistente desfachatez de funcionarios gubernamentales en fingir espontáneos desprendimientos de solidaridad pero utilizando el dinero de nuestros impuestos. Caraduras. Así, cualquier ciudadano es un filántropo. Siempre he insistido en que la donación más magnánima es la anónima. Cuando un individuo se esmera en mostrar una imagen muy dadivosa en público, es probable que pretenda esconder actos de corrupción perpetrados en privado.

Finalmente, otra vergüenza mediática ocurre en el campo de las entrevistas. A diferencia de lo que sucede en naciones civilizadas, acá adolecemos de buenos reporteros entrevistadores. Haber visto, por ejemplo, a profesionales cultos, audaces e incisivos como Joaquín Soler Serrano de España, Larry King de Estados Unidos o Jaime Bayly de Perú, hace desnudar la pobre calidad erudita del comunicador istmeño. Las careos formales en la televisión panameña se destinan a políticos, gremialistas o deportistas y los bulliciosos cuestionadores, en vez de moderar, toman partido y procuran inclinar la balanza dialéctica a sus propios intereses. Escasean los diálogos con gente de la cultura o la ciencia. Esta deficiencia se debe quizás a lo que apuntaba Salvador Pániker, “El riesgo de toda persona entrevistada es acabar reducido a los límites mentales de su entrevistador”. La única excepción que puedo recordar en los últimos años fue la tertulia entre María Mercedes de Corró con el premio Nobel Mario Vargas Llosa, desafortunadamente solo visibilizada en prensa escrita (http://www.prensa.com/impreso/vivir/un-hombre-de-este-mundo/42227). La periodista navegó en la misma dimensión intelectual del literato peruano, tanto en coloquio como en redacción.

Cuando una persona habla ante un micrófono, resulta imprescindible tener siempre presente lo que decía Benjamín Franklin: “No basta con decir una cosa correcta en el lugar correcto, es mejor todavía no decir algo incorrecto en un momento tentador”.

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