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CONDUCTA AGRESIVA

Recuperar al niño interno: J. Enrique Cáceres-Arrieta

Para desarrollar el tema, he tomado ideas del libro Volver a la niñez de John Bradshaw. El ser humano promedio debe volver a ser niño para curar al niño herido que lleva dentro. No sabemos exactamente cómo ni cuándo, pero nuestro niño interior ha sido herido, y un niño herido contamina la vida. Arruina nuestra salud mental y la relación con la familia y el prójimo. Mientras no sanemos, no viviremos a plenitud. Los constructores del ego (riquezas, títulos académicos, abolengo) no sirven para tal propósito. La felicidad no consiste en bienes, conocimiento y ascendencia, sino de la salud espiritual y mental.

A fin de recuperar el niño interior debemos, primero, cambiar nuestro material básico. Es la forma en que el mundo interno queda “organizado” en respuesta a vivencias infantiles. Ese material básico está integrado por sentimientos, emociones, creencias, recuerdos. Es primitivo e ilógico. Fue la única manera en que un niño cándido, vulnerable, necesitado, ilimitado aprendió a sobrevivir. Su mecanismo de defensa.

Ya consolidado ese material, se convierte en filtro por medio del cual pasa toda experiencia posterior. Ello explica el por qué no pocas gentes repetidamente escogen el mismo tipo de relaciones destructivas; por qué otros sienten sus vidas como traumas reciclados en serie, y la razón por la que muchos no aprendemos de los errores. No soy culpable de lo que me sucedió en la niñez. Mas soy responsable de mi recuperación.

Si no podemos solos, debemos ir a terapia. Para reconocerlo se precisa honestidad intelectual. Siguiendo a Eric Berne, creador del Análisis Transaccional, nuestro yo está formado por padre, adulto, niño. Si te decides a recuperar tu niño, tu yo adulto ayudará a tu yo niño a desprogramarse. Recuperar su funcionalidad. Tu niño interior experimentará las circunstancias como las vivió; no obstante, tu yo adulto estará ahí para protegerlo y apoyarlo.

¿Has notado la conducta infantil de muchas personas? Lo veo a cada momento. No están solas. También tú y yo actuamos igual en ciertas oportunidades, sin darnos cuenta. Es más fácil observarlo en otros. ¿Por qué? Nos vemos a nosotros mismos más a través de sentimientos y emociones que mediante la razón. Cuando el desarrollo de un pequeño se frustra, impidiéndole expresar sentimientos y emociones (especialmente ira y dolor), se convertirá fisiológicamente en adulto. En su interior permanecerá, empero, como un niño airado y herido. Su niño herido contaminará la conducta del adulto. De ahí actitudes y conductas infantiles.

El fanatismo religioso coacciona a los vástagos a no expresar enojo ni desacuerdo –ni siquiera con respeto– a los padres, deificándolos. Se ha cometido una serie de torpezas en la crianza de los niños que detractores de Dios y del cristianismo (caricaturizados) han usado como caballito de batalla. El cristianismo neotestamentario, por ejemplo, habla de honrar a padre y madre. Pero también manda a los padres a no exasperar a sus hijos “para que no se desalienten”. Amonestación para ambas partes. El fanatismo ve lo que le conviene.

Al perder el niño su identidad, será codependiente siendo adulto. Codependencia es suprimir sentimientos, emociones, necesidades y deseos propios para atender los ajenos. Canciones y telenovelas están atiborradas de codependencia y desamor. El codependiente, asimismo, depende de algo o de alguien para su identidad. La codependencia tiene su génesis en la familia disfuncional. Familiares de un alcohólico (o de cualquier otro adicto químico o emocional) se convierten en sus codependientes. Al ser el vicio amenaza a cada miembro de la familia, todos se adaptan a la situación permaneciendo en constante sobresalto. Quien vive con la angustia patológica de la conducta alcohólica, con el tiempo, pierde contacto con sus sentimientos, emociones, necesidades, deseos. A propósito, es triste ver innumerable juventud alcoholizada los fines de semana. El alcoholismo va en aumento. Niños maltratados y mujeres golpeadas y asesinadas, están en ascenso. Politicastros detrás del poder deberían pensar cómo regular la publicidad del alcohol en medios audiovisuales en lugar de prometer cosas que no cumplirán.

La conducta agresiva suele ser fruto de la pérdida del niño interno. Y fuente primaria de destrucción humana. El otrora niño herido, abusado e impotente se manifiesta como adulto ofensor. Bruno Bettelheim, siquiatra, lo llamó “identificación con el ofensor”. Lo que odié en quien me hizo daño lo aprendo y repito en otros. Las conductas son aprendidas y repetidas. La violencia física o sicológica es tan aterrorizante que el niño pierde su yoidad. Para sobrevivir al dolor, se identifica con el abusador.

El mayor número de conductas ofensivas tiene su origen en primera infancia; mas no siempre son el resultado de la violencia. Algunos seres ofensivos son producto de padres complacientes, consentidores e indulgentes que les hicieron sentirse superiores al prójimo. Y si tienen dinero y/o títulos, estos les suscitan complejos de superioridad. Megalomanía. No hay humanos superiores, sino actitudes y conductas diferentes y correctas. @earrieta

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