ALERTA: El río Juan Díaz se sale de su cauce en el centro comercial Los Pueblos.

PRESERVAR LOS MANGLARES

Reducir el riesgo de desastres: Malena Sarlo

Hace unos días, una amiga me preguntó cómo podía yo esperar que el común de los panameños valore los manglares, si la gente medianamente educada de nuestro país todavía piensa que los que están en Juan Díaz son un desperdicio de terrenos y que sobre ellos se podrían construir excelentes complejos de viviendas lujosas, con canchas de golf, en vez de mantener esas “tierras desaprovechadas”.

Esto me motivó a escribir acerca de la importancia de conservar los ecosistemas de este tipo que aún quedan en Panamá. Pero no me enfocaré en la parte ecológica, sino en algo más tangible para la gente, en la ayuda que proporcionan los humedales para reducir el riesgo de desastres. Ya se ha demostrado en varias partes del mundo que mantener estos ecosistemas en las costas contribuye a minimizar el efecto de las catástrofes ambientales y su impacto en la gente y en la propiedad privada.

El cambio climático y la destrucción ambiental tienen consecuencias devastadoras para la humanidad, es un hecho que no es ajeno al común de la gente.

Lo lamentable es que ya vivimos las consecuencias de mantener durante 300 años un modelo productivo, que si bien trajo muchos beneficios a este mundo, debió ir modificándose conforme su desarrollo en relación con el mundo natural, que es de donde, a fin de cuentas, se saca toda la materia prima para sustentarse y en el que se depositan los restos que ya no le sirven.

Sin embargo, ese nuevo enfoque del ser humano en su relación con la naturaleza que nos sustenta, todavía no se ha encauzado en la mayoría de los países.

El cambio climático y la degradación ambiental han traído pérdidas humanas y económicas a este planeta; es una responsabilidad moral y ética ocuparnos de prevenirlas. La degradación reduce la capacidad de los ecosistemas para satisfacer las necesidades de la gente en cuanto a alimentos y agua, y de la protección por medio de la regulación de inundaciones, la estabilización de taludes y la protección costera, entre otros.

Por todo esto, es que debemos conservar los manglares, aprovecharlos para la pesca, la recolección de moluscos, crustáceos, madera, evitando a toda costa su transformación (rellenos), porque el ecosistema pierde por completo y la gente también.

En otras partes del mundo se ha demostrado que invertir en soluciones basadas en la naturaleza no solo reduce el riesgo porque nos prepara de mejor manera frente a las catástrofes, sino que es una solución de costo más efectivo para abordar la restauración y recuperación de los ecosistemas.

En Sudáfrica, un programa del Estado que empezó a trabajar en 1995, denominado Grupo de Trabajo para el Programa de Agua, ha dado como resultado, luego de más de 15 años de funcionamiento, la restauración de cuencas hidrográficas para la creación de empleos, desarrollo de empresas y de habilidades entre personas de bajos recursos, así como la producción de agua, el manejo de inundaciones, incendios y conservación de la biodiversidad.

Japón, un país muy influyente en la ayuda humanitaria relacionada con desastres, estableció recientemente un parque nacional a lo largo de toda la costa que se vio afectada por el tsunami de marzo de 2011. Asimismo, tiene previsto ampliar las áreas protegidas existentes para restaurar los ecosistemas costeros y marinos, así como las pesquerías y medios de vida asociados, en colaboración con las comunidades locales.

En Estados Unidos, al sur de la Florida, en los Everglades, se lleva adelante el intento de restauración ecológica más caro y ambicioso de la historia. Esto después de la degradación masiva que se produjo en esos humedales durante el siglo pasado. Finalmente, se dieron cuenta de que para controlar las inundaciones y mantener la calidad de las aguas, hay que volver los ecosistemas a su estado más natural posible.

Entonces, como vemos, es mucho más barato conservar que restaurar y recuperar ecosistemas. Por favor, elevemos la conciencia de lo que implica destruir los humedales, incluidos los manglares, antes que conservarlos. Nos arrepentiremos mucho de tener que gastar fondos multimillonarios del Estado y, lo que es peor, poner en riesgo vidas humanas por no haber tomado las medidas correctas a tiempo o por darle prioridad a unos cuantos proyectos, del mal llamado desarrollo, que van en detrimento del bienestar de la población en general a largo plazo.

Ahora estamos a tiempo de recapacitar y hacer las cosas diferentes.

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