OBJETIVOS DISTORSIONADOS

Reflexión crítica sobre educación: Víctor Hugo Herrera Ballesteros

El problema de la educación abarca, como sabemos, desde el nivel básico hasta el superior, debido a metodologías que poco estimulan el autoaprendizaje y la investigación científica. Empero, la discusión sobre la “calidad de la educación” no deja de tener un enfoque elitista y excluyente de parte de sectores económicos y sociales para los que la titulación se convierte en un producto de marca que determina su acceso a buenos empleos, bien remunerados, y deja entrever que la cantidad y calidad de la formación que un individuo reciba a lo largo de su vida está condicionada a su origen social, dejando a la educación en el plano de un bien de consumo privado.

La idea del “docente facilitador” convirtió a los maestros y profesores en meros espectadores del proceso de enseñanza y, por ende, dejaron de asumir un papel proactivo como el guía que acompaña el aprendizaje con liderazgo y vocación. Con este enfoque se invirtieron los roles, es decir, se dejó de enseñar en la escuela bajo el pretexto de que es responsabilidad de los padres de familia, cuando lo contrario es que en la escuela se enseñe y en la casa se refuerce, pues la labor de alfabetizar y enseñar procesos complejos es de la escuela, no de la casa. Los centros educativos dejaron de asumir su responsabilidad de enseñar en el aula y pretenden que este proceso se haga por control remoto.

No se trata de saturar al estudiante con una cantidad abrumadora de información que genera estrés y poca asimilación ni dejar todo en función de los ejercicios de los libros de texto, con base en explicaciones superficiales en el aula, que poco despiertan el interés de los educandos y el dominio de lo “aprendido”. No señores, hay que dejar la pereza y volver a estudiar para dominar lo que se enseña y, también, volver a rayar el tablero, en vez de abusar del power point y los libros de figuritas preelaboradas o la internet que, si bien “facilita” recortar, copiar y pegar, poco contribuye al verdadero proceso de búsqueda y asimilación de información. Atrás quedaron las viejas revistas, periódicos de la casa y las bibliotecas, que obligaban a una búsqueda más exhaustiva de contenidos y su selección, contribuyendo a formar criterios de valoración de la información. Ello ha dejado, como resultado, a docentes y estudiantes sin aptitudes ni actitudes para la investigación real y formativa, fomentando la piratería académica y cosas peores.

Los fracasos son, en su mayor parte, responsabilidad de la escuela por la poca formación y vocación de los docentes, que eligen la carrera por descarte, reciben bajos salarios y se convierten en colaboradores en vez de masa crítica. Muchos docentes viven en un entorno social difícil, sumidos en la pobreza, al igual que muchos de sus estudiantes, bajo ese contexto poco pueden hacer para presentarse como modelos de superación a seguir.

En muchos planteles públicos y privados los docentes y coordinadores piensan que solo con el método es suficiente y que éste es infalible; con ello, por el contrario, educan y califican a los padres no a los acudidos. Se equivocan, sobre todo en los colegios religiosos, porque muchos se manejan con un carácter elitista. Ningún método, por bueno que sea, puede funcionar a control remoto dejando de lado la realidad de muchos hogares en los que los padres trabajan hasta los fines de semana y tienen pocas horas para apoyar a los hijos en casa. Por eso, le pagan a maestros o profesores paralelos que ayuden a reforzar lo que no se enseñó bien en la escuela. Luego dichos planteles se jactan de que su sistema es bueno, cuando lo que realmente ocurre es que los padres terminan pagando dos veces.

Igual ocurre en nuestras universidades, sobre todo en las privadas, porque los jóvenes procedentes de esos colegios ingresan inmaduros y no aptos para afrontar lo que debe ser la educación superior y la vida universitaria que hoy se ha mercantilizado, dando la espalda a la formación crítica y la investigación con fundamento científico. En muchas universidades, por el contrario, se privilegia la frase publicitaria: “Educación con criterio empresarial” o “Educación con sentido práctico”, frases vacías y sin sentido académico alguno; para ello contratan profesores que realizan esta tarea de manera complementaria y no por vocación, sin que importen los resultados, dado que la atención al cliente sustituyó al alma máter, sin que por ello sea malo que los estudiantes se formen con un criterio emprendedor.

Solo hay que analizar cuáles son sus mecanismos de selección y su estabilidad laboral, además, en muchas de estas universidades no hay órganos colegiados o académicos para que los docentes participen en la toma de decisiones, al menos, en materia académica, en adición de que escasean las publicaciones y la producción científica. Muchas de estas universidades se manejan como colegios privados, donde se paga la matrícula y se “facilitan”, a cambio, materiales educativos enlatados, usados de forma mecánica. A fin de cuentas, lo que les importa es vender un título como producto, que a la postre poco dice sobre las competencias científicas y profesionales de sus clientes, pero que sirve como un producto que evidencia “estatus social”; esa es una realidad también de muchos países latinoamericanos, secularizados con la llamada tercera reforma educativa, al igual que en Panamá.

La educación debe seguir siendo el mecanismo de ascenso social y de soporte del desarrollo nacional, que contribuya a cerrar la brecha social que margina a tantos panameños, sumiéndolos en la pobreza generacional; debe ser un proceso humanizador que potencie la ciencia y la cultura, más allá de ser visto como un bien de mercado.

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