EN ESPERA DE RESULTADOS

Reflexiones y propuestas frente a la crisis de Mi Bus: Alberto Gil Picota B.

Por las penalidades vividas con el anterior sistema de los “diablos rojos”, el pueblo panameño se merece que la empresa Mi Bus asegure el cumplimiento de su misión y obligaciones corporativas. Por ello, he decidido compartir las siguientes reflexiones con la esperanza de que ayuden a entender y a buscar solución a este delicado tema.

En primer lugar, esa empresa debe considerar que su responsabilidad no se agota con declaraciones unilaterales de que ha cumplido el contrato suscrito con la nación. Una empresa únicamente cumple cuando satisface a sus clientes.

Su portal podría juzgarse un global signo de modernidad, empero, destacar que han tenido dificultades porque ignoraban las dimensiones de algunas vías, amén de que la construcción de infraestructuras en la urbe capitalina ha agravado la circulación de sus más de mil autobuses, revela una falta de oficio monumental.

¿Cómo pudieron asumir compromisos y exigencias técnicas sin haber consultado estos hechos?

Todos fincábamos grandes esperanzas en el monopolio por venir. Sus pregonadas experiencias en otras latitudes –Colombia y Chile– hacían suponer competencia. Sin embargo, a esta hora, estamos viendo prácticas que dejan mucho que desear en materia de gestión.

Si el recurso humano es el verdadero capital de una empresa, la pregunta es: ¿por qué se dan altos índices de rotación entre los conductores? La imagen mediática es que esto se reduce a un esquizoide desencuentro entre asalariados y ejecutivos.

Si los representantes hubiesen prometido, como hizo Winston Churchill con Inglaterra al enfrentarse al peligro nazi, al decir que “solo puedo ofrecerles sangre, sudor y lágrimas”, los usuarios no estarían sorprendidos. El caos y sufrimiento vividos serían entendidos como imperativos de la modernización del transporte en ciernes.

Mi Bus aduce que su parque actual, en función del contrato, es de mil 200 autobuses. La pregunta es: ¿cómo establecieron que esa era la proyección de vehículos requerida? Y si la estimación es correcta, ¿a qué se deben los recurrentes baches en el servicio, en momentos críticos?

Han puesto de rodillas a un Gobierno que ya no sabe qué hacer con Mi Bus.

Con bombos y platillos, el Gobierno vendió a esa empresa como una idílica panacea, como uno de sus proyectos imperdonables. Ahora, sus responsables o directivos deberían ser consecuentes. Para empezar, deben atender lo que hace unos días le señalaran los gremios empresariales.

Mi Bus ha logrado superar a los “diablos rojos”. Una precoz resistencia ciudadana ya pide su cabeza. Sin embargo, todavía puede testimoniar que no es una simple intención que nos arrimó al infierno. Todavía puede hacer valer su palabra y demostrar que es un consorcio moderno.

En la historia de Panamá se han generado casos que contradicen el lugar común de que “lo que mal empieza, mal termina”. El Canal de Panamá empezó con mal pie con el fracaso francés, pero fue superado con el éxito estadounidense. La lección es de sobra conocida.

Un clima organizacional tóxico nada más puede generar toxinas. A punta de valores y buena gerencia, Mi Bus debiera probar que es un consorcio viable.

Y como diría Alvin Toffler, sean: ¡Bienvenidos a lo que queda del siglo XXI!

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