PROPUESTAS

Repensemos Colón: Ana Elena Porras

En este artículo expondré algunas reflexiones para repensar a Colón, desde mi perspectiva antropológica (política y simbólica).

En primer lugar, Colón –a diferentes escalas, ciudad, provincia, país, mundo– puede entenderse como un microcosmos o subsistema –aunque abierto y conectado con el resto del Estado nacional y con el mundo globalizado o sistema mundo–. Como microcosmos, y con el abordaje desde adentro, podemos descubrir actores y relaciones de poder que son importantes para explicar su situación presente. Por ejemplo, la Zona Libre de Colón (ZLC) puede leerse como un sistema de apartheid económico, en el que esa zona es el enclave y la ciudad es el gueto –y antes del enclave de la ZLC, retrospectivamente, la ciudad intramuros de Panamá colonial, el Canal y su zona, como sistemas de apartheid superpuestos históricamente–. Esta relación de poder excluyente y “racializada” genera una permanente tensión, que se “alivia” históricamente a través de estallidos sociales, que son intermitentes y de diferente intensidad.

Estos enfrentamientos se han ido convirtiendo en una forma de negociación entre los diferentes actores. Ahora enfrentamos la posibilidad de romper este círculo vicioso del microsistema colonense y construir un proyecto de desarrollo humano de Colón, pero también corremos el peligro de que esta oportunidad se pierda en nuevas componendas, como históricamente se ha hecho. Mi esperanza es que, en esta oportunidad, se ha levantado una conciencia ciudadana también fuera de Colón, que exige su inclusión en la economía del desarrollo panameño. Una solución que redefina al pueblo colonense como sujeto de esa economía del desarrollo y no como objeto de ella –o enemigo interno–.

En el contexto del Colón–gueto ha habido saberes, competencias y talentos populares que deben rescatarse, en el campo del servicio comunitario –pastores de la iglesia, maestros y maestras, bomberos, enfermeras, etc.–, en el deporte, en la música, también en el comercio del pequeño comerciante, entre otros. Pero estos ejes de su cultura, que permiten una construcción “identitaria” asertiva, positiva, son cada día minados y negados por la “racialización” colonizadora (política y simbólica) por parte de la ZLC, cuya ideología y monocultura se extiende más allá de su jurisdicción, hacia el Panamá eurocéntrico (o globalizado), cerrando las válvulas de escape y las esperanzas del gueto, desmoralizándolo.

En cuanto a las bandas de violencia del gueto, debemos entenderlas como mecanismos de resistencia, reacciones antisistema, de la misma manera que lo hicieron los cimarrones contra el sistema colonial hispánico y esclavista. En la medida en que se endurece la economía del enclave, en su sistema de apartheid excluyente que “guetoiza” al pueblo colonense, se radicalizan también los mecanismos de resistencia. Porque son componentes dialécticos del mismo sistema.

A escala nacional, el pueblo panameño viene observando que su país ha caído en un Estado sin ley (lo que equivale a la eliminación del Estado), donde los políticos roban abiertamente, los empresarios de la ZLC hacen trampas, cambiando etiquetas de marca y de origen y contrabandean... Lo han hecho siempre, es cierto, pero las tecnologías de la comunicación son más eficaces ahora que nunca, difundiendo la información de manera más democrática que nunca antes. Este escenario proyecta en los panameños una sensación de ausencia del Estado, de Far West, o guerra, donde todo vale. Y las bandas surgen en este contexto –como las bandas de cazadores recolectores de las sociedades sin Estado–.

Para quienes se preguntan “¿qué han hecho los colonenses por Colón?”, con una concepción de los derechos humanos como un objeto de intercambio comercial, les respondo que la población afrodescendiente de Panamá es la heredera histórica de los esclavos y peones que ofrecieron la base económica que viabilizó la colonización de Panamá y América, de los constructores del ferrocarril interoceánico y del Canal de Panamá. Solo para enumerar rápidamente y sin mayor profundización algunos de los aportes más significativos. Pero, fundamentalmente, la respuesta es que los derechos humanos no son negociables ni excluyentes. Como si no bastara con haber sido excluidos por siglos de sus derechos, su acceso a la riqueza y poder, que ellos mismos ayudaron a construir a todo pulmón.

Desde su origen hasta nuestros días, la ZLC ha funcionado como un enclave colonial, semejante a lo que fue el Canal de Panamá. Tal vez podamos pensar en soluciones semejantes a las del Canal, descolonizando la ZLC e incorporándola más efectivamente a una economía nacional más incluyente y democrática.

¡Panamá necesita un estadista!

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