LEJOS DE LOS IDEALES CIVILISTAS

La República domada: Roberto Brenes P.

Este escrito no es una diatriba contra la clase política. Es una reflexión para los ciudadanos. Aquellos que hace más de 20 años no tuvimos temor ni mudez para denunciar y enfrentar la corrupción, y la intromisión de los militares en todos los poderes del Estado, hoy enmudecemos y callamos los crecientes amagos de los gobiernos, no solo de impedir la profundización democrática, sino en enraizarse a un estilo de gobierno caudillista, autoritario y acaparador.

La clase política ha hecho casa aparte en la sociedad. Si bien los ciudadanos escogemos nuestros representantes, lo hacemos de roscas y oligopolios producto de leyes que los mismos políticos fabrican y en las que el derecho fundamental de elegir y ser elegido está limitado por toda clase de cuotas electorales, ficciones legales de residencia, y muchos otros obstáculos. Este “cogollismo” perpetúa la mediocridad en la gestión de gobierno y, como lo hemos visto en casi todos los gobiernos, exacerba el interés de quedarse y reelegirse.

Una vez cumplido el trámite de esas elecciones quinquenales, limitadas y “entre colegas”, la tarea principal y perenne de la clase política ha sido escamotearle a la sociedad los balances y contrapesos que resultan de la real y formal separación de los poderes del Estado. Esos poderes, lejos de verse como tres patas que soportan la sociedad, se maridan proponiendo y aprobando leyes para blindarse del escrutinio ciudadano. En esta envilecida gestión pública, la opinión del pueblo o las promesas electorales acaban normalmente en el basurero.

Esta colusión de poderes requiere de algún viso de aprobación “popular”. De allí que el modelo político crea una simbiosis con grupos de interés que casi nunca representan los intereses ciudadanos. Gremios transportistas, magisteriales, empresariales, médicos entre muchos otros juegan su rol de apoyo en “un quid pro quo” donde la ciudadanía siempre pierde. Pruebas sobran; la educación es un desastre, porque la clase política no se atreve a la reforma que se necesita. Igual en salud. Ruedan Diablos Rojos con choferes condenados por abusos en el volante protegidos por algún político; y así cientos de casos.

Como todo, la colusión política enfrenta retos; las quejas populares requieren atención. Pero enfrentar a los problemas en forma directa es inadmisible. Eso supone erosión de poder; veneno para las aspiraciones de reelección. Así entonces, se recurre a parches costosos; lo típico: echarle plata al problema. Ejemplos, cientos. ¡Que nos quejamos del alto costo de la vida!, la solución de fondo está en mejorar la productividad haciendo el sistema económico más eficiente. Pero eso implicaría desde reformas laborales hasta la reducción de la maraña de permisos estatales y la poda de la enorme burocracia de copartidarios. La solución política; subsidios que salen de los impuestos y del endeudamiento del propio ciudadano. Una solución insostenible financieramente que solo fomenta vagos y pedigüeños.

En este entramado de acumulación política la estabilidad es crítica. Entonces es necesario intervenir contra los “desestabilizadores”; se amenaza a gente con auditorías, se presiona a jueces y hasta se persigue policialmente a ciudadanos que cuestionen o amenacen las pretensiones del rey de turno. Ahora, y solo ahora, ante la crisis de la alianza de gobierno circula un proyecto de fallo de la Corte Suprema contra el alcalde Vallarino. Si la nacionalidad del segundo funcionario más importante del país se puso en duda desde el primer momento, ¿por qué la Corte no se pronunció de inmediato? Porque todo es parte de lo mismo. No es la justicia lo que cuenta, es la supervivencia en el poder. Y eso, al ciudadano de a pie, no le sirve ni lo beneficia.

Esta es la situación en que estamos. Las pretensiones de los políticos han ido creciendo, en vez de disminuir. Al último, le dimos un colosal apoyo electoral porque nos vendió un discurso anti sistema y de “cambio”; ahora resulta alumno aventajado. ¿Será que para que Noriega se sienta en casa, los políticos están dejando las instituciones tal cual las dejó?

Pero la responsabilidad de exigir gobierno, y no imposición, gerentes y no monarcas, es toda nuestra. Los ciudadanos somos los propietarios ausentes de una finca en donde el capataz y sus peones cada vez se sienten más dueños, hasta que nos botan del todo. Las lecciones de la historia son tristes y duras para aquellas sociedades que ignoraron el deterioro institucional. Más dura ha sido con las clases educadas y pudientes que meten la cabeza en un hoyo, porque conociendo la historia y teniendo los recursos morales, intelectuales y materiales rehúsan actuar como correa de transmisión de conciencia ciudadana hacia las masas.

No se trata de confrontar. Se trata de que los que vemos con claridad las lecciones de la historia y del desarrollo democrático, empecemos por sumarnos para bien de todos; incluso el de los políticos.

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