EL MALCONTENTO

Retener y dispersar el poder: Paco Gómez Nadal

Cada vez que oigo a un político asegurar que va a mantener, retener el poder, me da miedo. El poder es cómo el agua, incontenible, pero hay personajes que gustan de levantar represas que limiten su recorrido, que les permita controlar lo incontrolable.

Nos han contado la milonga de que el poder solo es de los que acumulan mucha cantidad del mismo. Pero el poder está presente en todas las relaciones humanas y es el poder disperso el más real, el más cercano, el realmente transformador.

En la tarea ilimitada e infinita de cambiar este orden social, hay dos planos de trabajo. El primero es el de la transformación del poder político desde o en las instituciones. Unas instituciones pensadas para contener y retener el poder. Eso lo sabe Ricardo Martinelli y por eso ha tejido una red compleja de control de las instituciones y de los personajes que están al frente de ellas. Pero hay ejemplos de que desde dentro se pueden dinamitar algunos de los pilares que sostienen el castillo del poder y sus atalayas.

El segundo plano de lucha –tan o más importante que el primero– es el de las microrrelaciones de poder. Me refiero a las que se producen al interior de las familias, en las pequeñas comunidades, en los barrios, en los centros de trabajo. El poder se ejerce en todas las acciones cotidianas pero a veces es más cómodo pensar que solo es un problema de los que se hamacan en la parte alta de la pirámide social. Siento informales que no es así: ejercemos poder al hablar con la mujer ´chinopanameña´ de la tienda de la esquina; cuando establecemos una trinchera de ´noes´ a nuestros hijos o hijas; cuando el hombre quiere marcar el espacio mental y real en el que la mujer se puede mover; cuando el maestro decide cuánta libertad ejerce un alumno, o cuando el funcionario de turno administra su simpatía o su eficiencia con el funcionario...

Es en estas microrrelaciones en las que se consolidan estructuras perversas: el patriarcado, el individualismo, la educación conductivista, el consumismo... Es por eso que en esas zonas difusas es en las que se producen cambios culturales que pueden empujar las modificaciones estructurales. Una vez que se van copando esos espacios y transformando las relaciones de poder también se consigue dispersarlo y el poder disperso es una de las alternativas claras al modelo concentrador del que somos víctimas y cómplices.

La dispersión del poder y de su gestión desde y con los movimientos sociales, populares o sectoriales es, para mí, una de las apuestas de este milenio cansado de inicio. Pero en esos movimientos debería darse también una relectura de las relaciones internas de poder. Imitamos lo que conocemos y lo que conocemos es nocivo: jerarquías, imposiciones, miedo al que piensa diferente, tendencia a cooptar al otro... Es la reproducción el sistema incluso por las personas que no coinciden con este sistema, somos células cargadas desde el nacimiento con la semilla de la (re) producción.

Por eso, creo que ante la insistencia de Martinelli y de su oposición tradicional (que no se diferencia en lo estructural aunque pueda ser muy diversa en propuestas) en retener el poder concentrado, la opción del resto es jugar a la dispersión del poder y a la transformación del mismo. Ya está pasando. Es decir, lo que planteo no es nuevo. Las fuerzas poderosas de los movimientos de Colón, de las comarcas, de la resistencia al extractivismo... mostraron que el poder disperso es una amenaza brutal al poder concentrado establecido. Por eso se les ataca, por eso se les estigmatiza.

Los partidos políticos tradicionales no entienden que el poder disperso sí es como el agua. Desaparece un tiempo en el subsuelo, brota cuando menos se le espera, es capaz de traer paz, pero también de romper paredes y barreras con la violencia natural de su energía.

Es en el poder disperso donde tenemos alguna oportunidad. Sigamos construyéndolo mientras el poder concentrado sigue creyendo que tiene el monopolio del mismo. El autoengaño es el principio del fin de cualquiera.

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