EL MALCONTENTO

Ricardo y Daniel: Paco Gómez Nadal

La mafiocracia es ya un sistema de gobierno y de gestión económica de los países que sirve por igual a diversas ideologías. Escribo desde Managua, la capital del psicodrama pseudosocialista religioso imaginado por Rosario Murillo y llevado a la práctica por los empresarios sandinistas que gobiernan este país. En el fondo, es un esquema muy parecido al de Panamá, el psicocarnaval pseudoempresarial hedonista inventado por Martinelli y ejecutado por su equipo de empresarios con la ayuda inestimable de la Policía Nacional y el Órgano Judicial.

Los parecidos son sorprendentes una vez que se quita el barniz discursivo. Los resumiría en varios puntos –ahora que es Carnaval y nadie lee esta columna, excepto los indígenas en vigilia y algunos desencantados del pan y circo que corresponde a esta fecha–.

Mafiocracia mediática. El discurso lo es todo en esta era del gobierno televisado. Los mensajes populistas, la desmemoria inducida y las arengas contra los fantasmas (enemigos reales o inventados) se combinan en televisión y radio para generar un sistema de adhesiones casi fanáticas. Se logra transmitir la falsa idea de que “el proyecto nacionalista y populista” de los gobiernos es el que los pueblos quieren. Para eso es fundamental robar el discurso al pueblo, hacer de las reivindicaciones antisistema la médula del discurso oficial y, lo que no es menos importante, dibujar a unos enemigos agazapados, confabuladores, dispuestos a aprovechar cualquier despiste del poder para destruir el país.

Mafiocracia legal. El estado de derecho se suponía garante de los intereses de la mayoría y se basaba en la imparcialidad del sistema judicial y en la coerción para el cumplimiento. Una vez arrebatado el Órgano Judicial y los órganos de control por el Ejecutivo, el estado de derecho se convierte en un estado autoritario que aplica la injusticia de forma arbitraria para favorecer sus intereses o para atacar a los de aquellos que no comulgan de la nueva religión nacional-populista.

Redistribución condicionada. Los gobiernos de Martinelli y de Ortega redistribuyen... lo hacen... más que otros gobiernos anteriores, pero es una ficción. Proyectos habitacionales o de transporte público suponen las migajas del gran pastel, pero generan la sensación de cascada entre la mayoría de la población –acostumbrada secularmente a la nada–. El poco que baja sirve de palanca para el chantaje emocional-electoral: si no nos votas, si no nos apoyas se acabó el maná gubernamental. Los que siempre han acaparado el poder y la plata lo siguen haciendo, pero se mueven recursos a los sectores populares en forma de empleos precarios y megaproyectos de infraestructura pública. En Panamá, esa plata excedente no la ponen los que más tienen, sino que se completa con los propios impuestos ciudadanos y con un mínimo bocado a los inmensos beneficios de los inversionistas internacionales. En Nicaragua, el petróleo barato de Chávez y la geopolítica internacional antiimperialista norteamericana (con Rusia, Irán o China) hacen lo suyo.

Miedo. Las mafiocracias nacional-populistas utilizan el miedo a la inseguridad como lo hacen los países del norte global. También se utiliza el miedo al caos, o al descontrol. Gustan los gobiernos duros, que controlan a las masas y que asfixian las revueltas.

Intervencionismo camuflado. La paradoja fundacional del nacional-populismo de la mafiocracia es que está intervenido. Es decir, la influencia de los intereses externos en las decisiones políticas y económicas locales es fundamental, pero se camufla de forma permanente. Estados Unidos, con su intento de retomar el control de Centroamérica vía “lucha contra el narcotráfico”, y los intereses estratégicos de otras potencias en sectores como el logístico, el energético y, en general, el extractivismo, tienen un peso específico clave en la gestión nacional de las mentiras.

La estética mafiosa. La ciudad de Managua, al igual que la ciudad de Panamá acogen varias ciudades. Una, la de enseñar: mezcla de la peor estética gringa con la peor antiestética local que se puede apreciar en los megaedificios de Panamá o en los casinos faraónicos de Managua. No creo que sea casual. Hay una construcción de lo propio desde la aculturización que genera un espejo falso de la realidad. Porque la otra ciudad, la de los barrios populares, está habitada por trabajadoras y trabajadores que aspiran a la estética elefantiásica de los malls y al uso y disfrute del lujo de poco gusto que destilan.

Alguien escribía hace poco que los dos presidentes más peligrosos de Centroamérica son Daniel Ortega (léase Rosario Challo Murillo) y Ricardo Martinelli. Añadiría que el peligro es que conforme pasa el tiempo más se parecen Nicaragua y Panamá a sus gobernantes: Nicaragua entra en una catarsis religiosa y mesiánica sostenida por la incapacidad de la oposición de articular o de resucitar al lánguido movimiento social; Panamá se transforma en un país “rufiador” y de mal gusto que obliga a aplazar la realidad nacional a cambio de un Carnaval, unos muñecos gigantes en Navidad y la megalomanía presidencial. Cuando se pasa de los gobiernos mafiocráticos a los países mafiocráticos, la vuelta atrás se hace más difícil.

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