RUPTURAS

El síndrome Roberto Díaz: Jorge Gamboa Arosemena

Este síndrome se produce cuando Manuel Antonio Noriega sacó de carrera –hacia la comandancia– a Díaz Herrera, y éste tuvo una crisis de consciencia y comenzó a señalar lo que todos teníamos certeza que ocurría. Pero fue esclarecedor que uno de adentro lo confesara.

Luego de la muerte del dictador Omar Torrijos, la mafia militar acordó la sucesión. En 1983, Paredes saltaba de la comandancia hacia una campaña por la Presidencia, en 1984; de ahí Noriega comandaba hasta 1987 y le seguía Díaz Herrera, que asumía la comandancia hasta su reemplazo, que podía estar entre Justine, Contreras o sepa Dios quién.

Noriega, empoderado, se burló del pacto cuando, con sarcasmo le dijo a Paredes “buen salto Rubén”, y como tongo botado no pone boleta, a éste el camino se le acabó. Conociendo esto, Díaz Herrera siguió esperanzado que a él sí le cumplieran el pacto, pero el tercer dictador no veía por qué tenía que dejar el poder, y un buen día, de junio de 1987, jubila a Díaz Herrera, lo que valió para que éste abriera los ojos y viera con claridad todos los atropellos al pueblo, que antes no veía.

Proporciones guardadas, en enero de 2009 se produce un pacto de sucesión. Primero va Ricardo Martinelli y, en el año 2014, debía ir Juan Carlos Varela. Logrado el poder, Martinelli se va empoderando y con un coro de aduladores, igual que Noriega, se olvida del pacto y pretende perpetuarse en el poder. Señales hubo suficientes, pero Varela no quería verlas y él y sus allegados –panameñistas y amigos– soportaron todo tipo de ignominias, hasta que, como Noriega corrió a Díaz Herrera, Martinelli destituye a Varela.

Ahora Varela y compañía han empezado a ver lo que, modestia aparte, ya muchos habíamos señalado. Ahora ven que Martinelli pretende perpetuarse en el poder, con la estrategia de la segunda vuelta (congelada temporalmente) y ya algunos dicen que hasta pretende la reelección inmediata.

Como efecto del síndrome, Roberto Díaz, Varela y compañía señalan peligro para la democracia. Pero ya es muy tarde y, peor, no han tenido la contundencia de Díaz Herrera. Así como este confesó pecados, como los del fraude de 1984, terminado en su casa con Yolanda Pulice de Rodríguez; como las coimas de las visas de los cubanos y su silencio cómplice sobre la decapitación de Hugo Spadafora, los varelistas debieran tener el coraje, que hay que reconocerle a Díaz H., porque a riesgo de su vida y la de su familia, desafió al dictador.

Sin tanto riesgo hoy, podría Varela denunciar a los responsables de la barbarie de Changuinola, con un saldo de cuatro muertos y cientos de lesionados, según la comisión presidida por Roberto Troncoso.

También, Varela, más que decir que los funcionarios que gestionaron lo del terreno de Punta Paitilla deben renunciar, debería decir que deben ser procesados y, junto con los que los indujeron a este intento de lesión patrimonial multimillonario, ir todos a la cárcel.

Pero si bien hay similitudes, también hay diferencias, por ejemplo, que el varelismo cree que tienen opción para disputar exitosamente la Presidencia de la República en 2014, o que varios de sus allegados, diputados y otros funcionarios elegidos o nombrados, quieran seguir, de alguna forma, pelechando prerrogativas para sacar beneficio propio.

Que ocho diputados principales, unos directamente y otros escudados en suplentes, aprobaran uno de los signos autocráticos del Presidente y que sectores de la juventud del partido hicieran conferencias de prensa para identificarse con lo mismo, nos dice que lo que señalábamos durante su gestión, como presidente del partido, es una verdad de a puño: ha convertido lo que quedaba de partido en una agencia de tráfico de influencias, sin principios, sin doctrina, sin disciplina, en la que los allegados a la dirección, mayoritariamente, son capaces de aceptar cualquier situación en aras de obtener lo deseado.

Hay quienes hablan de hacer oposición responsable, esa que no afecte la gobernabilidad. Pero, pregunto: si hay en el grupo de gobierno responsabilidad por los homicidios, peculados, fraudes, abuso de autoridad y extralimitación de funciones, por incumplir los deberes del servidor público, por tráfico de influencias y cuanta bajeza más puedan revelar los ahora expulsados de la alianza. ¿Mantener así la gobernabilidad no es encubrimiento? ¿Y la justicia dónde queda?

Nos abocamos a la necesidad –postergada desde la invasión– de ir a un proceso constituyente originario, sin notables que adormecen; llevado –ese proceso constituyente– por un gobierno de transición que sea producto de un gran acuerdo nacional entre los que no tienen como norte pelechar del poder, sino servir a la nación.

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