HECHO, VISTO Y OÍDO

Ruta 2014: Voto útil y círculo cero: Ramón Morales Quijano

Expresando el respeto que siento por las valiosas y reputadas personas que promueven el Movimiento Nueva República (MNR), cuyos principios son absolutamente patrióticos, me permito disentir del criterio esgrimido para orientar a los electores en algo que conlleva no una, sino múltiples perspectivas.

Pareciera estar fuera de lo razonable pretender construir la casa comenzando por el tejado. Ese es el caso, en términos generales, de la convocatoria a depositar en los próximos comicios un voto estratégico –o útil– que seguramente sería decisivo para derrotar al candidato oficial, pero no necesariamente para que los electores se alcen con el trofeo del retorno a la pureza de la institucionalidad democrática. Por muy lógica que esta convocatoria le parezca a algunos, en el fondo de la cuestión hay aspectos estructurales y de funcionamiento de nuestra sociedad que deben ser tomados en cuenta porque podrían llevar el proyecto del MNR a un estrepitoso fracaso. Entre otros, la sospechada interconexión entre algunos “círculos cero” de garra extendida.

De allí que estime que era imperativo hacer público un análisis cualitativo del beneficiario del voto estratégico. La ausencia de este examen coloca la movida del MNR en el peligroso terreno que ellos mismos advirtieron al anunciar su decisión: el de la posible equivocación. Así las cosas, deduzco que en esta bien intencionada pretensión lo que han visto no es necesariamente lo que es, y que lo que les han firmado no lo podrían cumplir.

Haciendo historia, en la elección presidencial de 2009 se dio un voto útil al decidir el Partido Panameñista pactar con Cambio Democrático y otros partidos sobre la base de programas institucionales muy claros, cónsonos con aspiraciones nacionales que diferían de lo que representaba el PRD. Ya sabemos que el objetivo del voto estratégico no se logró, y no es necesario repetir por qué. Y ahora resulta que, transcurridos los cinco años de esta administración, los que se oponen a su prolongación suman un porcentaje mayor del que votó a favor de instalarla. Esto significa que se cometió un error en 2009, aun aduciendo que no había más de donde escoger.

El pragmatismo en la política es una doctrina en la que la idea es verdadera si funciona (noción esta vaga y amorfa) no para un día, sino a largo plazo. Si no hacemos una prueba práctica, como decía alguien, es muy probable que estemos trabajando temporalmente con dinamita. Por eso he adoptado la tesis de que no es digno de admiración aplicar el pragmatismo a la política. Hay un viejo proverbio que dice que no importa si es un gato blanco o negro, si puede cazar ratones, es un buen gato. Esa es una representación simbólica del pragmatismo; implica afrontar situaciones específicas en vez de lidiar ideas, aspiraciones morales y teorías.

La perturbación angustiosa que se ha adueñado de la ciudadanía en este proceso electoral está más que justificada. El “vengo observando tu conducta” que transmite el gobierno afectó seriamente las mediciones de opinión, lo cual impidió escoger una como acertada y verdadera. Por otro lado, hemos caído en espejismos con los que, sin mayor fundamento, creemos descifrar correctamente la realidad electoral del país.

Es cierto que el ya inminente ejercicio electoral nos llevará a decidir si damos continuidad a la creciente autocracia enquistada en el poder, conociendo los peligros que ella representa para la Nación y sabiendo que el desenlace será una nueva lucha en las calles por el rescate de las instituciones republicanas; o si la gran fuerza opositora opta, sensatamente, por elegir un gobernante libre de ambigüedades; un líder comprometido solamente con las aspiraciones del pueblo y que sea capaz de reconstruir en paz nuestra nación. He aquí la disyuntiva.

Es hora de hacer alarde de educación política y votar por el mejor candidato, que evidentemente es Juan Carlos Varela. No hacerlo así será continuar la sempiterna práctica política de confiar al azar el resultado de la administración del país. Es esto lo que, precisamente, ha propiciado nuestra propia debilidad institucional; es hacer ejercicios de inestabilidad política, económica y social. La única forma de asegurar el derecho ciudadano a ejercer influencia sobre lo que acontece en el país es a través de la capacidad del elector para escoger o rechazar a sus dirigentes. Haré mi parte con mi voto el 4 de mayo.

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