EL MALCONTENTO

Salgo del clóset: Paco Gómez Nadal

Ya me cansé de ocultar mi verdadero carácter, mi verdadera identidad. Creo que ha llegado el momento de ser sincero con ustedes, que llevan años acompañando mi malcontentura y mis agrieras. Hoy, aquí, en la intimidad del altavoz, confieso que soy profundamente intolerante. Salgo del clóset de la corrección aparente y me desboco. Voy a dejar claro ante qué y ante quién soy declaradamente intolerante:

No soporto las falacias de personas como Miguel A. Espino Perigault que, aprovechando la apertura de este diario y la incontenible fuente de información desinformada de internet construye una teoría inasible sobre la palabra “homofobia” y, sin declararse abiertamente homófono (aunque entre líneas rezume homofobia), ataca con virulencia a los que consideran que en nuestras sociedades hay claros síntomas de esa enfermedad excluyente. Qué fácil es apelar a la justicia siendo injusto, qué sencillo... Aunque para desgracia del autor de un artículo de opinión publicado este mismo sábado, es un hueso “bastante fácil de roer” el demostrar que alguien “tiene aversión obsesiva hacia personas homosexuales”. Solo hay que ponerle el espejo.

No tolero esta manía de expulsar de la “buena sociedad” a todo el que piensa diferente. A diferencia de Espino Perigault, considero que en el occidente “democrático” latinoamericano se estigmatiza todo lo que suponga modernidad, convivencia o discrepancia. La mala costumbre que él recuerda de tildar como “reaccionario” a todo aquel que no fuera progresista fue bastante menos violenta por estos pagos que la de marcar como ñángara a cualquiera que osara a pedir algo de igualdad, o de justicia, o el trato justo para unos trabajadores.

No tolero tampoco las generalizaciones. Ni todos los heterosexuales somos homófonos ni todos los “reaccionarios” son estúpidos. La inteligencia es un bien tan escaso como, en el fondo, democrático y germina en los hogares más insospechados. No es equivalente tener grados universitarios con ser inteligente, como tampoco hay una ley general que garantice mesura o prudencia a quienes han tenido la oportunidad de leer o de viajar. Solo es justo quien practica la autocrítica con rigurosidad, solo es autocrítico quien entiende que cada ser humano es único y equivalente (que no igual) a su vecino.

Soy abiertamente intolerante con la tolerancia que impera en ciertas sociedades (la mayoría) hacia la violencia que se ensaña en las mujeres y los menores, o en los inmigrantes económicos. Las relaciono las tres, porque todas parten de una supuesta “superioridad” del victimario, que bien por su pasaporte, por su fuerza física, por su poder económico o por su edad siente que es legítimo imponer su criterio y sus deseos de forma violenta.

Pero soy más intolerante aún con los políticos de turno, populistas y demagogos, que se les ocurre introducir un proyecto de ley para implantar la pena de muerte en Panamá. ¿Alguien ha revisado la salud mental del proponente? La mano dura no ha dado resultado jamás y los países que tienen los índices de violencia más bajos son los que han logrado mejor calidad de vida y mayor equidad entre sus habitantes, no los que tienen más policías. De hecho, uno de los factores que demuestra el fracaso de las políticas de Chávez en Venezuela es el alto índice de muertes violentas, mientras que Cuba sigue siendo un oasis en comparación con la región (por algo será). Noriega, a pesar del impacto de la masacre efectuada por un demente, ha respondido a la sangre con más democracia, más libertades y más calma. A ningún político se le ha ocurrido que para compensar la matanza de Behring haga falta la pena de muerte...

Por último, quiero confesar que es intolerable que tanto fanático religioso utilice argumentos pseudo científicos para atacar derechos fundamentales como la planificación familiar, la libre decisión sobre la identidad sexual o el aborto terapéutico, olvidando que sus creencias no aguantarían la más rudimentaria prueba científica. El resto del planeta tiene que aguantar sus ataques, sus presiones y su soberbia, pero si a alguien, como a este Malcontento, se le ocurre cuestionarlos llegarán decenas de cartas de protesta firmadas por honorables e indignados ciudadanos.

Salgo del clóset, no para mudar de orientación sexual sino para ser honesto, para decir un basta a tantas falacias que, aunque de apariencia inocua, matan, hacen daño, perpetúan los discursos excluyentes y dan alas a algunos legisladores tan ignorantes como para creer que tienen alguna razón.

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