REFLEXIÓN

Semana Santa, entre tradiciones y política: Amarilis A. Montero G.

Recuerdo a mi tía Aminta junto al fogón de leña antes de poner los panecitos en la gran paila donde los iba a asar. Habían pasado varios días de arduo trabajo para llegar a ese momento, cuando las brasas de carbón caliente reposaban sobre una hoja de zinc y la paila estaba lista para asar los panes de maíz, que yacían bien formaditos en una hoja de plátano.

Tía Aminta no dejaba que nada se desperdiciara. “La sangre de Cristo”, decía ella cada vez que algo, especialmente comida, caía al piso “porque la sangre de Cristo no se derrama y es sagrada”, explicaba. Esa semana, se ponía el maíz en agua por varios días, se secaba, se molía y se volvía a secar. Después se preparaba con huevos, dulce (raspadura) y manteca de puerco, era la tradición de Semana Santa de mi familia en Chiriquí. Todo un trabajo de equipo, extendido a los días previos al Jueves y Viernes Santos. Los panes se hacían para no cocinar, porque nadie debía trabajar ni hacer oficios en la casa. Eran días de rezar, asistir a la misa y a las procesiones. La norma decía que no se podía trabajar, porque era malo. Tampoco se comía carne, en su lugar se cocinaba el bacalao (barato en ese entonces) y granos.

Los jóvenes hacían “juegos de sabana”, como rondas, y jugaban con pepitas de marañón. La inventiva de aquellos tiempos ayudaba a que los niños encontraran formas de entretenerse con lo que encontraban en su entorno. Junto a estas tradiciones, también estaban las supersticiones. Nadie podía bañarse en los ríos o playas por temor a convertirse en pez. Nadie se subía a los árboles, por temor a convertirse en mono. Los señores salían a la medianoche, y sin hablar con nadie, le pegaban a los árboles para que tuvieran cosechas. Estas y otras tradiciones y supersticiones van desapareciendo con el paso de los años. Hoy muchas personas aprovechan estos días para vacacionar y salir a las playas. Los tiempos y las costumbres cambian.

En este 2014, me encuentro con una Semana Santa salpicada de campaña política. Cada partido ha lanzado su propuesta y ha bombardeado al electorado con sus mensajes y promesas. No necesitamos ver más ataques entre candidatos. Estamos saturados y sentimos “vergüenza ajena”, al ver cómo se ofenden, se restan méritos y tratan de sobresalir resaltando los aspectos negativos de los otros.

Desearía que en estos días de Semana Santa se hubiese hecho una tregua a la incesante y agobiante descarga de propagandas.

Me gustaría que pudiéramos remontarnos a los tiempos en que había que recogerse para recordar que somos pecadores y que tenemos que enmendar el camino.

Me hubiera gustado volver al pie de ese fogón, con panecitos humeantes, y a poder jugar con pepitas, porque esto hacía de la celebración de Semana Santa un período para la reflexión en familia. “La sangre de Cristo”, repetía tía Aminta, mientras amasaba panecitos. “La sangre de Cristo no se derrama”.

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