ETANOL

Sembrando hambre: Raúl Saucedo Alderete

Hace unos años, cuando la fiebre del biodiésel estaba en todo su apogeo, di una opinión científica a un medio escrito sobre las políticas agrarias relacionadas con el monocultivo. Nadie escuchaba la parte negativa en ese momento y actualmente esas mismas personas se niegan a saber sobre esto.

El monopolio de una empresa en la producción de etanol y, peor todavía, obligar indirectamente al consumidor a comprar gasolina mezclada con ese producto es, en mi opinión, una imposición que solo beneficia a la empresa que lo fabrica en Panamá, perjudica al productor nacional y coarta mi derecho, como consumidor, a elegir el combustible que quiero utilizar.

Actualmente, la demanda de alimentos en el mundo se ha incrementado en un 20%. Estimo que aquí la demanda de granos básicos puede ser un poco mayor.

Desde los últimos años, los agricultores locales piden a gritos apoyo para mantener la producción que, cabe recalcar, sustenta los pilares de la canasta básica panameña.

La forma irrespetuosa y el poco importa del Gobierno, que no cuenta con un plan estratégico para atacar el problema de raíz, ha llevado a muchos productores a dejar esta actividad, no porque no aman la tierra, sino porque para ellos es casi imposible mantener esa labor y obtener algún beneficio económico que los ayude a pagar sus deudas.

Ahora, con el cuento de agregar etanol al combustible e incentivar la siembra y cosecha de caña de azúcar para tal fin, muchos productores de granos comenzarán a dedicarse a esta faena sin medir las consecuencias futuras.

Una bomba de tiempo llamada hambre se visualiza en nuestros campos cuando se favorece las actividades agrícolas destinadas a la producción de etanol o biodiésel y se le da la espalda al cultivo de granos básicos para alimentar al pueblo.

Si seguimos con la práctica de incentivar los monocultivos, en un futuro no muy lejano dependeremos de la importación de granos básicos y quedaremos a expensas de la oferta y demanda internacional.

¿Por qué no se establece un programa paralelo, con incentivos y apoyos a los productores nacionales, tal como se da con la siembra de la caña de azúcar?

El agricultor de este producto obtendrá ganancias en el momento, pero cuando la demanda supere la oferta y el valor de la caña no sea rentable, entonces se dará cuenta de que por años solo sembró hambre para él, su familia y su país, porque así como sus ingresos aumentan, los alimentos importados también subirán de precio.

Mientras nuestros dirigentes políticos no se enrollen las bastas de los pantalones y se ensucien los pies en la faena de la agricultura; mientras desoigan las recomendaciones y el llamado de los especialistas y científicos nacionales para que los tomen en cuenta, y mientras sus verdaderos intereses estén sobre los del pobre no tendrán la menor idea de cómo resolver el gran desafío que se avecina.

Estamos a tiempo de enrumbar la política agraria nacional, de asegurar una soberanía agrícola para cada uno de los panameños.

Solo nos falta el querer hacer las cosas bien, sin engañar al productor nacional ni venderle un sueño irreal incentivándolo a sembrar hambre.

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