ARMONÍA EXISTENCIAL

Simbiosis con la madre tierra

Por 9 mil 400 años, el hombre tuvo como primer mandamiento de su cultura el respeto por su tierra madre.

Según la tradición de los indios hopi de Norteamérica, es “nuestra tierra y nuestra vida” y este concepto se refuerza en su primera ley: “tutskwa l´qatsi –la tierra y la vida son uno”.

Con la llegada de la tecnología, el hombre piensa que sus creaciones pueden sustituir la naturaleza, obedeciendo a su control sin pedir nada más que energía. Desde ese entonces, ha sido una carrera por la explotación de los recursos naturales, robándole a la madre tierra para seguir satisfaciendo la insaciable máquina que fue creciendo exponencialmente.

Ya crecimos, entendimos nuestros errores; ya no somos los animalitos sin pelos y sin defensas en una selva de depredadores, que necesitan esconderse en una caja para enfrentar el mundo; es hora que dejemos el miedo y aceptemos la realidad que está frente a nuestros ojos desde el principio de los tiempos.

En 1960, James Lovelock propuso la “Hipótesis de Gaia”, demostrando cómo el equilibrio químico favorable a la vida es tan precario y estadísticamente improbable, que hace imposible pensar que el planeta lo haya mantenido constante por dos billones de años por pura casualidad.

Desde ese entonces, siguieron muchas otras publicaciones y estudios, todo apuntando hacia la misma evidencia: El planeta Tierra es un organismo viviente, biológicamente tan organizado y complejo como podemos ser nosotros, con solo unos billones de años más.

Otra vez se redescubre lo que siempre se supo, y se reintroduce un hecho que ninguna ignorancia puede cancelar.

Como bien sabemos en nuestra “genialidad” científica, cada organismo está habitado por microorganismos: las bacterias, así como nosotros podríamos ser pachamamitas. Hay dos tipos de bacterias: las buenas, que viven en simbiosis, mantienen el organismo limpio, digieren tu comida, cuidan de tu piel... son indispensables para vivir.

Hay otras que solo se dedican a consumir sin dar nada a cambio: roban, engañan, lastiman; lastimosamente, a todos nos ha tocado conocer un parásito.

Los parásitos, algo común en un organismo, pueden salirse de control y crecer en número excesivo; entonces, el organismo se defiende y con una drástica reacción se libera de toda molestia.

Hasta un hombre lobotomizado puede darse cuenta de que el clima ya no es lo mismo, que los “dioses” están molestos. Y esto podría ser solo el principio. Está bien claro en las escrituras el carácter difícil de esta “divinidad” y cómo ya en el pasado se ha “liberado” dramáticamente de la soberbia del hombre (pregúntele a Noé).

No trato de venderle alguna actitud ecológica, porque no hay solución comportamental para este dilema. La decisión es más profunda, más íntima, existencial: ¿ser un simbionte, asistido y protegido por tu tierra o un parásito que vendrá desechado a la próxima reacción alérgica?

Ser un simbionte, además de ahorrar energía o tener la chequera ecológica, es algo que se extiende a todo el ser, tanto en la ecología como en la ética, en la manera de ser, en los pensamientos, deseos y sensaciones. No puedes disfrazarte: o eres o no eres.

Si queremos tener un futuro en el que tenga sentido tener hijos, ya no podemos ser los que consumen su tierra para mantener su vicio, no podemos aceptar minas, talas, inquinamento, pesca excesiva y todo exceso que implica esta codicia, porque también quien acepta en silencio terminará siendo cómplice de las consecuencias.

Por mucho que se sientan impulsados a tomar medidas por el miedo apocalíptico que los antepasados nos dejaron en herencia, pero esta no debería ser la verdadera razón, ya que parecen olvidarse de los beneficios de una vida en armonía. Por miles de años se ha hablado del edén, el paraíso terrestre, “pide y vendrá a ti”, decía Jesús.

Es algo común gritar al milagro cuando la mano invisible de la providencia viene en nuestro rescate cada vez que estamos ante una dificultad, sin embargo, ningún biólogo se sorprende cuando todo microorganismo del cuerpo es mantenido y asistido constantemente por el organismo madre, ni por cómo el cuerpo se preocupa de abastecer cada célula con lo necesario para su bienestar. Nadie parece observar el “milagro” que constantemente mantiene todo en equilibrio, tanto dentro como fuera de nosotros.

Este mundo fue hecho para darte todo lo que necesites sin necesidad de apoderarte de él, no tienes que forzarlo o extorsionarlo por su riqueza; si lo dejas como es, sin tratar de “mejorarlo”, cada día todo lo que necesites estaría “fluyendo” hacia ti.

Desarrolla una relación con tu Tierra, con la parte de ella que vive en ti, y descubre el edén que está más allá de tu ego; a fin de cuentas, también es tu casa, tu madre, también eres tú.

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