COMPROMISO

¿Sirven los pactos éticos?: Juan Manuel Castulovich

La Constitución, las leyes y los pactos éticos valen tanto, cuanta sea la intención, traducida en conductas concretas, para respetarlas, acatarlas y cumplirlas. Si no los hay, de poco sirven a los fines para los cuales fueron firmados.

Saludo con beneplácito que nuevamente la Iglesia católica panameña, por acuerdo de su Conferencia Episcopal, haya propuesto volver a los pactos ético-electorales, con la finalidad de contribuir a elevar, tal vez, fuera más realista decir, en lugar de elevar y llamando las cosas por su nombre, a sacar a la política de su marasmo y descrédito, pues su realidad es que ha degenerado en grosera politiquería.

Antes ha habido “pactos éticos electorales”, no para las pasadas elecciones porque los partidos escurrieron el bulto; pero con ellos o sin ellos, se ha recurrido, de manera reiterada, a la propaganda saturada de vituperios y al lenguaje rastrero. La “política” panameña se ha envilecido de tal manera que se ha convertido en sinónimo de desprestigio, y quienes la protagonizan, muy lejos de inspirar respeto, son justamente objeto del escarnio público.

Pero la política es una actividad necesaria y consustancial a la vida de las sociedades organizadas en Estados. Por consiguiente, es urgente y necesario rescatarla; y a eso va encaminada la iniciativa, en buena hora, asumida por la jerarquía de la Iglesia católica.

Como ha ocurrido antes, más rápido que ligeros, los mismos políticos que antaño incumplieron sus declaraciones de enmienda serán los primeros en deshacerse en elogios a la iniciativa de la Iglesia y en expresar su ansia por estar, en primera fila, para firmar el pacto, porque, en sus cálculos electorales mezquinos, piensan que les redituará en aceptación popular y les aumentará la cuenta de los votos que esperan conseguir.

En las ocasiones anteriores, algunos de esos políticos, disfrazándose de santurrones, consiguieron engañar a muchos; pero bajo cuerda continuaron con las mismas prácticas marrulleras. Pero ahora, para beneficio del país y de su mayoría decente, gradualmente, y como justa recompensa a sus andanzas del pasado, y del presente, se ha achicado el sector de los incautos. Por ello, aunque se arropen con mantos de pureza, muy pocos les creerán.

Estoy convencido, además, de que la credibilidad de los que juren el pacto será medida en función de sus antecedentes y comportamientos políticos. A los que han estado envueltos en los tipos de conductas que el pueblo repudia, de muy poco le servirán los actos de contrición, porque el pueblo no creerá en sus propósitos de enmienda.

Asumamos que en el proyecto del pacto –todavía no he tenido acceso a su texto– se diga, por ejemplo, que deberá haber absoluta transparencia en el financiamiento de las campañas políticas. Pero, por el otro lado, está el hecho, cierto y comprobado, de que cuando se intentó incluir en el Código Electoral normas específicas para limpiar de dinero sucio la campañas, los primeros en oponerse fueron algunos de los que ahora firmarían el pacto.

Asumamos, también, que en el proyecto de pacto se dice que sus firmantes se comprometen a manejar, con rigurosa transparencia, los fondos públicos que administrarían de llegar al poder; pero, por el otro lado, se han levantado serios cuestionamientos sobre la utilización y el destino de los subsidios electorales, manejados por sus colectivos políticos. ¿Cómo podría darse crédito a ese compromiso?

Las normas éticas, a diferencia de la ley, salvo que esta las recoja, solo aparejan sanciones morales. Por eso, como lo usual es que los primeros que las firman también sean sus primeros violadores, el propuesto pacto ético, más que por el contenido de sus estipulaciones y de las declaraciones de apoyo, deberá compararse, como un todo, con las conductas políticas de sus firmantes. Una cosa no debe separarse de la otra. Los tigres no se vuelven vegetarianos de la noche a la mañana, dice un viejo adagio.

Reitero que como candidato independiente a la Presidencia de la República, ante el agravado deterioro de la política panameña, me satisface que la Iglesia católica haya vuelto a poner sobre la mesa la suscripción por todos los partidos y candidatos independientes de un nuevo Pacto Ético Electoral. Y, desde ahora, manifiesto públicamente que gustosamente sería el primero en firmarlo, para cumplirlo.

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