CAMBIO DE CULTURA

Soñar un mejor país, no cuesta nada: Óscar Combe B

Como en 2009, me esfuerzo por sentirme nuevamente esperanzado, como panameño, con la idea de que el nuevo gobierno se aboque sin reparo ni retraso, de forma honesta, cívica y profesional, a un proceso de reforma del Estado, no solo necesario sino urgente para recuperar el país y devolvérselo realmente a los ciudadanos de esta y de las futuras generaciones.

Cualquiera que sea la idea u opinión que se tenga sobre la administración del Estado, hay hechos incuestionables que requieren reflexión.

La actividad política partidista panameña se encuentra en un abismo, más allá de la crisis generalizada del sistema de partidos. Asistimos a una mezcla de descrédito, desconfianza y desilusión en la clase política y sus estructuras. Sin pretender generalizar, aclaro, acceden al establishment, actores poco creíbles. Sabemos que mienten, aunque piensen que nos engañan, en no pocos casos, con insuficiente formación y controvertidos valores éticos y morales. En la percepción ciudadana, no se genera la ilusión de pensar que las cosas, en sus manos pueden mejorar. Lo que, al fin y al cabo, sería su principal razón de existir, además, de un lógico principio de marketing político.

Como consecuencia de lo anterior, enfrentamos un colapso por la caída libre que sufre la institucionalidad. Desconfiamos de las estructuras gubernamentales, porque no han cumplido los mínimos esperados. No hay sector del tejido de la administración exento de cuestionamientos, desviaciones funcionales y escándalos, así lo reiteran los funcionarios recién llegados.

A este escenario se suma un tema tan medular como complejo: el evidente deterioro social. La alarmante inseguridad, la impunidad que gana espacio y el folclórico “juega vivo” que se ha convertido en arma de supervivencia, hoy todo vale. “El deber ser”, ya no importa.

La solución pasa por impulsar y concretar un cambio de cultura en los políticos, para que den ejemplo y ponderen la ética, responsabilidad, honestidad, rendición de cuentas y, en definitiva, para que actúen legítimamente, bajo la premisa de que el pueblo es primero.

Este esquema conlleva un cambio de estructuras, de forma y fondo, en el estilo de gobernar, diseñar las políticas públicas, decidir y gestionar los recursos del Estado. Recordemos que “la mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo”. Comprender que el privilegio de gobernar impide obtener ventaja, hacer negocios o favorecer los intereses particulares, de espaldas a la mayoría. Se debe implementar canales efectivos de participación ciudadana, que contribuyan a reforzar una nueva forma de hacer gobierno.

Es tiempo de fortalecer y modernizar las instituciones para ponerlas, de manera eficaz y eficiente, al servicio de los ciudadanos; para que la justicia sea cierta e independiente; la salud y la educación pública de la mejor calidad posible, y para crecer respetando los recursos naturales haciendo un uso sostenible.

Como colofón, es impostergable un proceso, ordenado y científico, de definición del modelo de Estado, que se articule en una consensuada, nueva y moderna Constitución, apuntalada por un estilo de presidencialismo, al servicio del pueblo primero.

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