REFLEXIÓN

Tomándose el tiempo para vivir: I. Roberto Eisenmann, Jr.

Hoy, gracias a los avances de la medicina, vivimos muchos más años de los que imaginábamos viviríamos... y aún así escucho mucho la frase “me dí cuenta tarde de que dejé escapar mi vida”. Comenzar a vivir la vida “de verdad”, “cuando tengamos tiempo para hacerlo”, es el peor de los autoengaños. ¡Siempre debe haber tiempo para vivir la vida! Como dice Owe Wikström en su libro El elogio a la lentitud, “hay que ejercer el derecho a no ser útil”... a hacer lo que le plazca a uno “sin que eso tenga que rendir algún resultado”.

Yo he dedicado mi vida a ocuparme 12 horas al día, organizadamente, para poder hacer tres y cuatro cosas a la vez, pero siempre procurando desconexiones completas cada dos o tres meses (más fácil cuando no existían celulares) para viajar, educarme y examinarme; tratar de entenderme yo mismo. Además, siempre he dedicado no menos de medio día, todos los días, a la agenda pública, a mi sociedad... a mi país, pero eso nunca lo consideré“trabajo”.

Hoy, en el otoño de la vida, respetando la disminución lógica de mi vigor, he querido con Maruja, siempre con Maruja, tomar algo de distancia del quehacer diario para poder ver el bosque, sin ocuparme de los árboles, dedicarme al cuadro grande y así seguir conectado construyendo. Además, vivir en el campo, con la raíz profunda en la tierra, es vivir más con la sinceridad cerca de las cosas básicas de la vida.

Cuando le digo a muchos amigos de mi generación que vivimos en el monte y que vamos de visita a la ciudad, me contestan: “¡Qué belleza!... yo quisiera hacer lo mismo pero..., y el pero no es más que una excusa trivial para no accionar. Dedicarse a vivir, y que no lo vivan a uno, requiere determinación y acción. Hay que decidirse... ¡y hacerlo! Hay que cambiar las cosas y tomarse el tiempo para vivir.

Tenemos unos amigos que tomaron la decisión y están tan felices que me dicen que cuando los amigos les preguntan: “¿Y qué haces en el monte?”... les contestan con orgullo: “¡Nada!...”. Y me dicen: “¡Qué rico es no hacer nada!”. La meta de estos amigos consiste en no hacer nada... ¡pero hacerlo bien!

Los que tomamos la decisión de tomarnos el tiempo de vivir tuvimos una primera gran lección: pensamos al inicio que si no seguíamos lo que estábamos haciendo nuestro mundo se vendría abajo, pero lo que ocurrió es que el mundo no solo no se vino abajo, sino que poca gente se enteró siquiera que ya no estábamos haciendo lo que siempre habíamos hecho con tanto afán. Ese descubrimiento fue impactante e importante, porque nos sentimos liberados... allí comenzamos a vivir.

Luego descubrimos la soledad buena, aquella que logramos por voluntad propia. Se intensifica nuestro compromiso con nuestra compañera(o) cuando desarrollamos la habilidad de darnos mutuamente nuestros espacios de soledad buena. Podemos dedicarnos a la lectura, a la música, a escribir, a analizar desde la virtud de la distancia, y a hacer muchas cosas juntos, sin apremio ni presiones impuestas desde afuera.

En estas condiciones lo espiritual supera todo dogma religioso. Para usar unas palabras de Tunström: “Dios no existe... simplemente creemos en él. Es precisamente su ausencia, la condición necesaria para su existencia”.

¡Tómense el tiempo para vivir!

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