CONTRADICCIONES

Tonadas, ‘bullying’ y doble discurso: Humberto López Castillo

Históricamente, las sociedades han encontrado maneras más o menos creativas para ventilar su disconformidad con el mundo en el que viven. Ha sido la crítica social la que ha empezado movimientos populares que han puesto y quitado gobiernos.

Esta expresión de nuestra naturaleza humana ha tomado varias formas a través de la historia. Podríamos decir que es un mecanismo de defensa colectivo, en el que, como sociedad, encontramos maneras de liberarnos de esa situación que nos agobia.

Uno de tales mecanismos de defensa es el humor, que observamos en las sátiras, caricaturas y los más modernos “memes” que pueden tornarse virales en segundos a través de las redes sociales.

El Carnaval y sus elementos son patrimonio inmaterial y manifestación de nuestra panameñidad.

Historiadores y folcloristas coinciden en que las tonadas más antiguas sobreviven gracias a la tradición oral de más de un siglo.

Hoy, las tonadas ocupan un lugar preponderante en el Carnaval de nuestros pueblos del interior, en donde la mofa, la picardía y el doble sentido se bailan al ritmo de la murga.

Socialmente, las tonadas critican situaciones que ocurrieron en la tuna contraria durante el último año, haciendo alusiones –más directas que indirectas– a las reinas, sus familiares y simpatizantes. Pero, ¿dónde trazamos la línea entre la tradición y el irrespeto?

Uno de los problemas de salud pública más preocupantes en nuestra sociedad panameña es el bullying. El concepto se refiere al acoso y a toda forma de maltrato físico, verbal o psicológico que se produce de forma reiterada y a lo largo del tiempo, usualmente en ambientes escolares. Estas manifestaciones suelen ser micro o macroagresiones a repetición y en escalada, con importantes repercusiones en la salud física y mental de las víctimas que, sin intervención, pueden durar toda la vida.

El bullying es un problema de salud pública porque genera discapacidad, enfermedad y muerte en nuestras poblaciones.

Hace algunos años comentaba que, al paso que van, las tonadas de Carnaval constituyen la institucionalización del bullying. El carácter de institución viene de la aceptación social en nuestros pueblos del interior, al punto que varias juntas comunales sucumben y deciden no crear las juntas de censura, que se solían designar para verificar los contenidos de dichas tonadas.

Los consejos municipales y las tunas postulan que es imposible controlar lo que los tunantes cantarán. Esto en un claro choque entre las funciones de los gobiernos locales: de un lado, preservar las manifestaciones culturales y, de otro lado, proteger la vida, honra y bienes de los ciudadanos.

Como ciudadanos responsables, deberíamos dejar el doble discurso y ayudar a nuestras autoridades a ver la luz al final del túnel.

Mientras gobernantes y gobernados pregonamos la importancia de la inclusión de las personas con discapacidad durante 361 días del año, en el Carnaval parece que tenemos licencia social para hacer mofa de la discapacidad de alguien a quien no conocemos.

El poco auge de los movimientos por el respeto e inclusión de la diversidad sexual se olvidan, mientras al ritmo de Samy y Sandra cantamos que a fulano se le moja la canoa mientras que fulana es marimacha.

Los esfuerzos de cada año para resaltar la importancia de superar el machismo y la misoginia y respetar las libertades sexuales se van al traste en Carnaval, cuando a través de coplas denigramos a la mujer, condenamos la sospecha de que abortó, pero resaltamos al más mujeriego de los hombres.

Los salubristas públicos le hemos montado la persecución a los mosquitos como transmisores de enfermedades, con mayor o menor éxito en sus resultados. Sin embargo, hemos hecho muy poco por controlar brotes de comportamientos que también transmiten enfermedades: micro y macroagresiones verbales, físicas y trastornos en la salud mental del individuo y la colectividad.

Me pregunto si es posible reconciliar el humor, como mecanismo de defensa, con la crítica social respetuosa. Como primer paso propongo revisar las tonadas de antaño, en las que se resaltaba lo bonita que es la reina, lo grande que viene la tuna, o lo impresionante de los fuegos artificiales.

Esto tal vez nos lleve a buscar formas para no hacer leña del árbol caído y mantener presente lo que el resto del año parece tener sentido y durante Carnaval lo pierde.

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