GUERRA

Ucrania, un conflicto lejano: Lidia Timchenko

Nací en Ucrania, tierra de mis ancestros, pero llevo viviendo en Panamá, mi segunda patria, más de tres décadas. Confieso que siempre me alegraba al encontrar alguna publicación sobre mi tierra natal que esporádicamente aparecía en la prensa panameña. Hoy las leo todos los días, pero ya no me alegro, me horrorizo. Ucrania está a punto de convertirse en una nueva Yugoslavia o algo peor.

¿Cómo pudo ocurrir tal cosa? Durante siglos en su territorio convivían los ucranianos, los rusos, una enorme cantidad de familias mixtas, numerosa comunidad judía y varias otras minorías étnicas. El idioma ucraniano y el ruso coexistían a punto de que muchos ucranianos utilizan el ruso en forma habitual. Por lo menos hasta ahora... Después del desmoronamiento de la URSS, los Gobiernos ucranianos, salpicados por frecuentes escándalos de corrupción, utilizaron un truco viejo pero eficaz para distraer al pueblo: el patriotismo. En los últimos años las autoridades toman el camino de reivindicación de la lengua ucraniana para exacerbar los ánimos de identidad. Surgen los partidos ultranacionalistas con las ideas de supremacía, los desfiles con antorchas, las banderas con cruces gamadas. Luego aparecen grupos con uniformes negros, capuchas y armas de asalto que confrontan a las manifestaciones desarmadas, sembrando muerte y terror en la población civil. Los que presenciamos la actuación de los “Batallones de la Dignidad” durante la dictadura de Noriega sabemos lo que significa esto.

Durante el Maidan la gente salió a luchar por una Ucrania mejor, aún eran hermanos, o por lo menos eso parecía. La caída del gobierno de Yanukovich, bañada con sangre de un centenar de activistas, muertos en circunstancias sumamente dudosas, marcó un nuevo compás: debut de la violencia. Los acontecimientos entraron en una carrera tan acelerada que muchos, dentro y fuera de Ucrania, aún no han asimilado lo ocurrido. Culpan unos a otros, hablan de la mano de Rusia, que sin duda alguna tiene sus propios intereses en el conflicto ucraniano. ¿Pero qué pasa con otras manos, porque hay más de una, que también quieren pescar en el río revuelto, o mejor dicho, también revuelven el río?

Hace unas semanas muchos pensaron que la guerra civil en Ucrania era imposible. Hoy tenemos dos provincias con más de seis millones de habitantes en gran porcentaje rusohablantes, que se proclamaron como repúblicas populares independientes. El gobierno de Kiev envía tropas para acabar con los “terroristas”, la orden es: tirar a matar, sin discreción... ¿Cuántas mujeres, hombres, niños y ancianos habrá que matar para sofocar el movimiento separatista: centenares, miles, millones?

El costo que paga la población civil atrapada en estos conflictos es impredecible e incalculable. La horrenda masacre ocurrida en Odessa hace unos días lo ha demostrado a cabalidad. Decenas de activistas de grupos opositores al gobierno provisional de Kiev fueron asesinados y quemados vivos. Las espeluznantes imágenes de este macabro acto conmocionaron las redes sociales del mundo entero. Cuerpos inertes, algunos totalmente quemados, otros con cabezas y manos calcinadas, cadáveres de mujeres semidesnudas... ¿Cómo pudo ocurrir semejante barbarie? ¿De dónde salieron los monstruos que perpetraron este horrible crimen? La versión oficial es la siguiente: grupos opositores agredieron a una manifestación de simpatizantes del gobierno, luego se refugiaron en un edificio y ellos mismos se quemaron por usar bombas molotov. No hay una investigación.

No puedo guardar silencio. Mis padres, abuelos, y tatarabuelos eran ucranianos. Guardo la camisa que bordó mi bisabuela hace más de un siglo, como un preciado tesoro, recuerdo de mis ancestros y me siento orgullosa de todo lo bueno que le dio al mundo mi tierra natal. No soy pro nada, ni anti nada, pero si habría que tomar algún partido, sería anti fratricida y anti barbarie. Mientras escribo estas líneas, se libran cruentos combates en varias ciudades de Ucrania. Mi mente es presa del pánico cuando trato de imaginar el destino de mi gente. Ojalá nunca llegue el día que mi tierra sea “ex Ucrania”.

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