PATRIMONIO EN PELIGRO

La Unesco, la cinta costera tres y los talibanes: Brooke Alfaro

Hacer un viaducto marino alrededor del Casco Antiguo sería un terrible error; un innecesario crimen estético y cultural que destruirá el encanto y la integridad histórica del barrio que la Unesco honró como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Me reuní con autoridades del Instituto Nacional de Cultura (Inac), del Ministerio de Obras Públicas (MOP) y con técnicos independientes, y es evidente que hay mejores alternativas para esta vía. El túnel es perfectamente viable al igual que la ampliación de la Avenida de los Mártires. Contrario a lo que escuché en el MOP, ambas alternativas debidamente presentadas serían consideradas por la Unesco. Otra solución, utilizada en Europa, Asia y México, consiste en colocar cajones prefabricados en el fondo marino (http://www.marmaray.com/html/tech_immersed.html).

La falta de planificación inteligente va más allá: ¿Cuál es el apuro en construir esta autopista, teniendo en cuenta que el Puente de las Américas se tranca todos los días? Sería conveniente, si permitiera agilizar el tráfico vehicular, pero solo hará que los conductores tengan que esperar más tiempo para salir del cuello de botella que allí se forma. Además, todavía no se conoce la ubicación del cuarto puente, pieza clave para la configuración vial de la ciudad.

Enclavar una autopista de seis carriles frente al Casco Antiguo sería de un colosal mal gusto, pero, además, una traición a nuestra historia. Esta joya arquitectónica descansa sobre una estrecha península orientada hacia el mar, que es parte inherente de su esencia. En caso de construirse esta autopista, borraríamos para siempre el paisaje que disfruta la mayoría del barrio, que tendría como única vista la autopista. Desde Las Bóvedas, paseos, playas, plazas, calles y casas ya no veremos el horizonte marino sino una estructura de cemento con miles de autos pasando, tranques en las tardes de carros haciendo fila para cruzar el puente, y una constante y desagradable bulla de camiones y buses. Las luces de noche opacarán cualquier cielo estrellado y la Luna ya no se reflejará sobre el mar. En vez del sonido de las olas, tendremos el sonido de los carros y, en vez de un barco en el horizonte, estará la autopista. No serán iguales los amaneceres ni los atardeceres... Los frescos vientos marinos traerán el aroma a monóxido de carbono, con el polvo negro producto de la autopista. Cuando baje la marea se verá la autopista en todo su esplendor con sus largos pilotes sobre las rocas, donde caerá uno que otro peatón desprevenido.

Las últimas playas que le quedan a la ciudad mirarán hacia la autopista, como en Boca la Caja. Y desaparecerá un popular sitio para hacer surfing frente a Las Bóvedas, el único en la ciudad. Lástima que no lo conservemos para las futuras generaciones.

Adiós, romántico Casco Antiguo, y adiós, romántica bahía, porque por la búsqueda de soluciones rápidas, pronto será un crucigrama de autopistas.

Odebrecht también se preocupa, pero percibo que se sienten atrapados. Tratando de hacerlo bien, hace unos meses trajeron a Panamá como consultor al mundialmente famoso arquitecto Eduardo Souto de Moura, ganador del Premio Pritzker 2011, el “Nobel” de la arquitectura. Sería valioso y un gesto de transparencia que se compartieran sus recomendaciones, que –según tengo entendido– fueron contundentes.

Mi amiga Olga Cárdenas, dirigente de El Chorrillo, me dice que a los chorrilleros lo que les interesa es una renovación urbana y empleos; y comprende que para ello no es necesario un viaducto marino. En un estudio que tomó ocho años realizar, urbanistas panameños y de Penn State University propusieron que la autopista se hiciera por la Avenida de los Mártires. Esta conectaría con los puentes y con El Chorrillo y Amador, permitiendo una renovación urbana que abarcaría hasta Santa Ana, ampliando aceras, creando plazas, facilitando el transporte público y peatonal para, de ese modo, integrar mejor al barrio con el resto de la ciudad. Con la inclusión viviendas y centros parvularios. Todo ello, a una fracción del costo del viaducto marino y generando, al mismo tiempo, riqueza; riqueza de la que permanece, no de la que se acaba cuando finaliza la construcción.

Estuve en una reunión en la que el ministro del MOP insinuó que no significaría nada si la Unesco nos quitara la categoría de Patrimonio de la Humanidad, porque seguiríamos teniendo el Casco Antiguo, no se lo pueden llevar. Me costó creer lo que escuchaba; me recordó cuando los talibanes se enfrentaron a la Unesco y al mundo para destruir monumentos milenarios. La diferencia es que la destrucción del San Felipe que conocemos hoy no sería con dinamita sino con el debilitamiento de la estructura legal, al irse la Unesco; nuestra dinamita serían los inescrupulosos promotores que siempre acechan. Y al Casco Antiguo, efectivamente, no se lo pueden llevar, pero sí la inversión y a los turistas decepcionados.

Ser Patrimonio de la Humanidad significa que somos parte de una familia universal y la pérdida es para toda la humanidad. No seamos los talibanes de América. No tengo la menor duda de que los ingenieros del MOP están bien preparados y son bien intencionados, pero es necesario que el ministro les permita explorar a fondo todas las alternativas. Sé que hay voluntad y, ciertamente, tiempo. Requerirá un esfuerzo, pero se compensará con creces.

Señor ministro del MOP, no le haga un daño irreversible a esta joya arquitectónica y tesoro nacional, el exquisito barrio que retrata siglos de nuestra identidad histórica.

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